Distancia

Pocas cosas me dañan más que la distancia.

Si acaso, la incomprensión.

Si acaso, el miedo.

Si acaso, las lluvias de las tardes.

Si acaso, el dolor.

Si acaso, el ridículo.

Si acaso, la cercanía.

Pero sí, la distancia, definitivamente.

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Desconfianza

¿Confías en mi?

Si.

No deberías…

¿En qué me equivoqué contigo?

Una mujer que se deja soñar no es confiable.

Desconocidas

Me encuentro llorando frente a un perfil de una persona en facebook.

Conozco a esta persona, o sea: le he visto en dos o más ocasiones, sé su nombre, sus apellidos, he intercambiado saludos con ella, conozco a su esposo.

Sin embargo, esta persona y yo no nos conocemos realmente. Ella ni siquiera me mira cuando me saluda, yo la olvido en cuanto sigo caminando. Mi vida y su vida en nada han coincidido. Sin embargo, sorprendida, descubro en su facebook (¿quién sabe cómo llegué ahí?¿me agregó ella?¿la agregué yo?) que nos hemos casado el mismo día. Ella, por supuesto, no lo sabe. No tiene idea de este blog y yo no anuncié nada en otra parte.

Saberlo me agrada al principio, luego me molesta. Las mujeres, que no podemos parar de ser quienes somos, envidiamos. Si, envidia. Los likes en su foto de boda podrían ser todos míos, si yo, de tacaña, no hubiera guardado para mí mi momento. Es un pensamiento absurdo, lo sé, pero imparable. Un like que se suma a su post es uno que no tuve yo. Mimada que estoy.

Pasa el tiempo y la veo celebrando un cumpleaños. Es de alguien cercano, quizás su padre. No lo sé, no me interesa. Pero guardo la fecha, porque ese día, justamente, la alegría ajena me parece increíble. ¿Por qué alguien celebraría ese día? Seguro para molestarme. Ella y los demás. Toda la alegría es mentira para mi. Un nuevo aniversario, mamita, de aquel viernes negro.

Nuestras vidas siguen trancurriendo, sin esos puntos iterceptos. Veo fotos suyas, veo sus post. Supongo que ella ve los míos. Los pocos. La olvido por semans. En realidad no es que nunca la recuerde.  No creo que nada de lo que haga yo le cause especial interés.

Y sin embargo hoy, veo que ha escrito una fecha y un homenaje. El homenaje es nada, tres palabras: te extraño, mamá. Y en la fecha, reconozco, intranquila, el cumpleaños de mi padre. ¿Se pregunta por qué alguien celebraría ese día? ¿Pensará que lo celebro para molestarla? Yo y los demás.

Lloro porque sé.

 

Boda

Sé que solo firmamos un papel (o dos, o algunos cuantos)

pero hay que decir que fue algo hermoso,

divertido, o al menos, casi romántico.

Sé que no había nadie, o casi nadie, que no conocíamos al notario.

Sé que fue un formalismo, un desastre, un encuentro fortuito en ese espacio,

y, sin embargo,

nos besamos como nuevos en el beso,

nos amamos, si es que alguien alguna vez ha amado,

prometimos querernos, respetarnos, ayudarnos mil veces, no alejarnos.

Y sé que esa, la promesa, fue otro voto temerario,

que antes de ella habíamos cumplido,

que en el futuro es imposible saber algo.

Pero quiero decirte, antes del tiempo,

antes de que olvidemos nuestro espacio,

que para mi aquellas firmas, los abrazos,

los anillos mal puesto, olvidados,

significan la vida que no tuve,

significan lo nuevo que me has dado.

Y si no lo digo a gritos en todas partes, si me comporto como alguien que ha olvidado,

es porque ese momento fue solo tuyo, fue solo nuestro (y del notario),

y sin él hubieramos podido, sin la formalidad y el escenario,

pero ya que lo hicimos, decididos,

brindemos juntos, mi vida, por el acto.

 

 

 

Primavera

Dicen que hoy empieza la primavera.

¿Por qué será, entonces, que me deshojo?

Depresión

Se siente como si el mundo fuera intocable detrás de ese cristal que llevo por gafas.

Como si nada importara.

Como si hubiera que buscar a qué aferrarse.

Como si, una vez aferrada, tampoco importara.

Como si hubiera perdido mi futuro en el momento en el que perdí mi pasado.

Como si, pasadas la negación, la ira, y la negociación, nunca fuera a llegar la aceptación de la que hablan.

Como si estuviera sola, cuando en realidad, te tengo aquí.

Como si no te agradeciera por ser mi tabla de salvación.

Como si no me amaras, aunque lo haces.

Como si no te amara, aunque te amo.

Nada

Lo que más me duele, es que en el momento en que todo pasó no sentí nada.

No escuché la voz de tu llamada, no hubo un rayo que me paralizó, mi corazón no se detuvo en un vacio inmenso.

A las 10 de la noche del 28 de noviembre de 2014 yo estaba chateando, tranquila y feliz de que fuera viernes.

¿No se supone que cuando algo grave le pasa a la gente que uno quiere lo sentimos? ¿que los lazos son más fuertes que la distancia física? ¿no se supone, mínimo, que no te debiste haber ido así, sin avisar?

 

Silencios

Hay días en que quiero desaparecer. Ser tan sigilosa e invisible como un microbio.

Esos días, obviamente, hablo mucho.

Es como si le tuviera miedo a los silencios.

A lo mejor va y se cumple mi deseo.

A lo mejor va y termino desapareciendo.

Análisis

Estoy entera.

Al fin y al cabo soy pequeña, es difícil romperme en pedacitos.

Sonrío ampliamente cuando saludo en las calles, cuando preguntan los amigos, cuando te tomo la mano, cuando tengo deseos de no sonreír. Incluso, a veces, me río de verdad.

Sé que esta noche no estaré sola, ni mañana, ni el día que le sigue. Sé, por ahora, que la compañía está garantizada. Sé, incluso, que podré hablar y hablar y hablar, y ser escuchada siempre, y tendré respuestas, y ya la casa no será una prisión, sino un refugio.

Pero no puedo mantenerme en pie, porque algo impreciso me corta el aliento, porque descubrí que saberte es peor a veces que no tener idea.

No puedo simplemente ignorar la sensación de que me ahogo, de que estamos a mitad, de que el sentimiento no es amor ni odio, de que dividimos nuestro mundo justo cuado más compuesto estaba.

Ahora mismo no sé quien soy, y lo que es peor: no sé quien eres, ni quiénes solíamos ser.

Parezco entera.

Adios, profe.

Discúlpeme por las veces que no le dije usted,

por atreverme a compartir mis ideas,

por no saber aguardar en mi lugar de la vida,

por hacer invitaciones tentadoras,

por gastar horas intentando hacer/ser poesía,

por permitirle evaluarme más alla de la tesis.

Perdóneme por decir hola aquella vez.

Si no lo hubiera hecho, a lo mejor hoy no tendría que decirle

adios, profe.

Sola

Tengo un par de alas

que no se rompieron,

pero están guardadas,

esperando el viento.

Las que tuve antes

no me soportaron,

(no es que pese mucho,

es que nunca acabo.)

Y ahora que estoy sola,

quiero irme volando

pero el aire sopla

justo hacia otro lado.

 

 

Muro

Hay un lugar cerrado al que yo no tengo entrada y ya nunca tendré.

Es un mundo al que nunca perteneceré, aunque grite y golpee con mis manos rotas la puerta.

Mis credenciales para partener ya expiraron: no fui lo suficientemente esforzada, o inteligente, o lista, o audaz ¿quién sabe? El momento pasó.

Aunque de allí me tomen la mano, aunque estén los que amo, solo los veo como un reflejo, como lo que proyectan para los infelices que no tenemos acceso a la frontera que resulta el muro.

Me cansé de golpear piedras, de intentar ser quien pude haber sido y ya no seré. Me quedaré quieta en mi mundo, con mis iguales, y trataré de amar lo que me pueden ofrecer de sí aquellos al otro lado.

 

 

 

Soneto

Y sigue ardiendo mucho, más allá del dolor.
Y no se apaga ya, la llama que quemó.
Nunca terminan bien los versos para dos.
Y nunca en esta vida, olvido ese rencor.
¿Qué hago con la nostalgia que nadie convocó?
¿A dónde van los besos, el húmedo pudor?
Las cosas que no fuimos, el tiempo que acabó,
los guardo en una caja que nunca se cerró.
Si alguna vez me lees, si olvidas quién fui o soy,
búscame en el pasado, en el rugido atroz.
Recuerda que yo he sido aquella que no amó,
que nunca te dio hijos, que nunca te esperó.
Recuerda, sobre todo, que el tiempo ya pasó,
que olvidé las heridas: que sigo siendo yo.

Te odio

Cada día que pasa te voy odiando un poco más.
Las tristezas se acumulan, se hacen una bolita y estallan luego en mi pecho para no dejarme descansar.
Y no sé como explicártelo y comienzo a decir te amo ( y donde dice “te amo” habría que poner “te odio”) y se acumulan mis tristezas y mis deseos de correr.
Tengo como heridas en el pecho, pero no son figuradas, sino tajazos enormes que se abren y que estoy segura de que no sabré cerrar.
Y así pasan los días, así me voy sintiendo, sin que lo sepas, y así me repito que te odio (y donde dice “te odio” habría que poner “te amo”)

Inventario

Dos cuchillos chinos traídos de Chile

Un juego de sartenes de igual procedencia

Un cuchillo para pan

Un cuchillo en una caja sellada

Un cuchillo con forma de hacha

Un juego de tazas de té con sus platos floridos

Dos bandejas de porcelana blanca con su soporte

Un molde de silicona para magdalenas

Una extensión para llaves de ducha

Un pela-papas

Una blender cortadora de sazones

Un dispensador de detergente de Artex

Una bandeja de cristal para horno

Un juego de platos incompleto, pero con colores lindos

Un jarrón verde olivo con su gemelo pequeño

Un delantal a juego con unas agarraderas

Dos toallas grandes, mullidas y nuevas

20 metros cuadrados de azulejos para suelo, blancos

Un juego de pozuelos de cristal con tapas plásticas

Unas cucharitas de medir

Seis pozuelitos para postres

Miles de pequeñas cositas en sus estuches

 

Todo guardado en cajas, esperando una nueva cocina, un nuevo baño, una nueva casa, una nueva vida que a lo mejor, como le pasó a mi mamá, no me llega.

 

 

Despiste

Hace tres meses, querido diario, perdí mi tarjeta del trabajo.

Estoy segura de que no la olvidé en un cajero, porque la guardaba en un estuchito impersonal transparente, que tampoco tengo, así que, al parecer, se traspapeló (o trastarjeteó) en mis cambios de bolsos, monederos, jabas del pan o similares). Pero, como llegó el día del cobro de diciembre y me cansé de rebuscar en los sitios donde supuestamente debía estar, me mandé a hacer una nueva, en vistas de que necesitaba mi salario.

A las tres semanas, tal como me pidió mi amigo Alejandro (el del banco, si, me aprendí su nombre, porque no paraba de llamarme por el mío cada dos palabras) volví a recoger mi nueva tarjeta, fui con ella al cajero, saqué 50 pesos para pagar el sindicato (!) y tarareé feliz una canción de regreso a mi vida de persona asalariada.

Sin embargo, esa misma noche (10 de febrero de 2016, para más señas) me llamaron por teléfono a la 1:00 am. La llamada no solo era odiosa por el horario, sino que, además, el emisor había marcado mi número con *99 (el temido cobro revertido). Pero yo, que recibí recientemente mi primera (y seguramente única) recarga del exterior este mes, no tardé en responder con voz somnolienta:

-Oigo

-Tú eres Saimi?

-Si…

-Mira, encontramos tu tarjeta y te llamamos para devolvértela.

-No, gracias, ya me mandé a hacer una nueva…

Y colgué, para regresar a la camita con mi novio y explicarle que alguna loca sospechosa me llamaba en plena y fría madrugada para devolverme una tarjeta perdida de hace tres meses, que, por si fuera poco, yo estaba segura de que era imposible de encontrar fuera de mi casa, porque estaba por ahí, en alguna caja.

Como se imaginarán, conté a todos del curioso caso de una persona que quiere devolverme, una tarjeta bastante tiempo después de que la perdí, y, por si fuera poco, llama en medio de la noche. Todos mis amigos coincidieron conmigo en que eso era sospechoso.

Hasta ayer.

Adivinas? Fui a sacar dinero para comprarme algún librillo que avisté en una de las mesas del Pabellón Cuba y, cuando abrí el monedero… NO ESTABA LA TARJETA NUEVA.

En efecto, la muchacha del otro día me llamaba para devolverme esa y no la anterior. No sé si llevas el hilo de esta historia, diario, porque está medio enredada. El resumen es esto: perdí la tarjeta, hice una nueva, la perdí.

No tengo cara ni moral para presentarme de nuevo frente a Alejandro.

Creo que dejaré correr el tiempo, y me comportaré como si mi salario no me hiciera falta.

O que mandaré a hacer la tarjeta en la sucursal del Boyeros, para pasar la vergüenza una sola vez: a la hora de recogerla.

O que dejaré de existir lentamente, como me merezco…

 

 

Referencia

En este cuento no soy el pequeño príncipe, ni la rosa.

Ni siquiera soy el piloto, ni mucho menos la zorra.

Soy la tonta oveja.

Sigo como una imbécil esperando a que me dibujen.

 

(Odio caer en la tentación de la referencia. Creo que me odio)

Amores

La foto y el poema estaban dedicados con su letra a la misma persona. Ella me dijo siempre que él era el amor de su vida. Yo no entendía entonces que él no fuera nadie para mí.

Ya ahora sé que es cierto que el amor de la vida y el amor de por vida casi nunca coinciden.

(Te extraño, mamita, comparto tus recuerdos, porque ya no importa, o porque importan mucho: ni él ni tú están. Feliz cumpleaños.)

esta

Hay amores malditos que se visten de pena,

como el amor sufrido por el hombre ajeno.

El amor tormentoso, febril, enloquecido,

el amor que se tiene a medias: compartido.

El amor como daga enterrado en el pecho,

para el que no tenemos ni razón ni derecho.

El amor excitante que nos quema y nos arde:

que a la vida nos llega un poco tarde…

Como tu amor, mi vida, tan desmedido y loco,

que pudiendo ser mucho, me resulta tan poco.

 

 

Diálogo invisible

Contigo.

Conmigo misma.

Con la alegría de saber que estás ahí,

aunque ni tú mismo lo sepas.

Mis amigos

Mis amigos son los mejores. Y vamos, que eso lo dice todo el mundo, pero yo también quiero decirlo, porque estoy convencida de que es así.

Les explico: mis amigos me han aguantado muchos años, con lo mucho que hablo. Incluso a algunos les gusta oírme hablar. Eso ya es síntoma de que son únicos, especiales, extraordinarios.

Mis amigos, por ejemplo, saben que no me gustan los nombretes y por eso no me los dicen, excepto, los que de cariño me llaman Tuti, Mimi, Pelusa, Bruja, y Enana. Como pueden notar, respetan mis criterios en toda ocasión.

Ellos son los que inventaron eso de fugarse para ExpoCuba cuando era obligatorio salir para el Parque Lenin. ¿Adivinen dónde estábamos luego, el día en que dijeron que toda la escuela tenía que ir al Parque Lenin? Exacto.

Mis amigos me dijeron todas las veces que les pedí consejo “hazlo”. Ni una sola vez, ni en una pregunta alocada, ni en una locura, en ninguna situación, bajo ninguna circunstancia especial, dijeron no. Estoy preocupada, a lo mejor no me oían, !hablo tanto!

Estos amigos que les digo fueron todos a una boda y se entretuvieron haciendo conteo de cuántos de mis ex estaban presentes para recodármelo cariñosamente en cada ocasión inapropiada. Así, cuando asistíamos a una tesis, yo podía oír (y mi novio también) “hay más ex mías aquí, que ex de Saimi en la boda” y risas. Una delicadeza que una no olvida.

Mis amigos y yo nos despedimos cuando acabó la escuela de acuerdo a las distancias. Mientras más cerca vivimos, o más probabilidades teníamos de encontrarnos en el futuro, pues, más lloramos, claro. Más nos abrazamos y prometimos no olvidar los maravillosos momentos juntos, más cantamos con mocos las canciones, más páginas emborronamos de dedicatorias lloronas, más sufrimos el “último abrazo”.

Yo no puedo cambiar a mis amigos, ni lo haré nunca. Hace años son los mismos (entre un chiste y el otro, ha pasado una década de la Lenin, por ejemplo, y ni hablar de la secundaria). No puedo cambiarlos, sobre todo, porque hay alturas de la vida en que uno sabe quiénes están en su equipo y quiénes no clasificaron. Y mi equipo está formado por esa panda de locos que se aparecen cuando una no se imagina y organizan (por decirlo de alguna manera) una fiesta sorpresa en una cafetería cualquiera el día de mi cumpleaños más aburrido.

No quiero cambiarlos, porque son los mismos que no veo hace siglos y cuando nos encontramos dos segundos en el P hablamos de todo a la vez, pero como si nos hubiéramos visto ayer, porque por teléfono o facebook ya nos habíamos enterado. La cosa empeora cuando nos reunimos más de tres en esos lugares. (Aprovecho y me disculpo con los que van en la guagua con nosotros, sé que somos odiosos, que hablamos igual, que hacemos los mismos gestos, que nos completamos las frases, que nos reímos de todo. Perdón, vamos a seguir haciéndolo)

No me da la gana de decir que mis amigos son iguales a todos, porque en cierto velorio, como en cierta boda, todos los que fueron llegando (y creo que eran todos) vaciaron sus bolsillos sin pensar si tenían o tendrían más y dejaron su dinero, que no llegó a mis manos con nombres, y con el que no hice nada, y con el que hice mucho, pero sobre todo con el que me di cuenta de que no estaba sola y nunca lo estaría, que ahí estaban esos locos inadaptados.

Ninguno de ellos faltó, ni los que estaban en Cuba ni los que no, algunos llamaron gastando quién sabe qué ahorros, algunas que yo me sé aparecieron  por calles insospechadas que no llegan a ninguna parte y yo las vi en la esquina preguntándose: “y ahora para dónde se coge?” Y se me partió el corazón, pero también me reí de pensar que estaban perdidas y habían llegado a mi casa con el impulso que solo da una desorientación inmensa y un cariño grande.

Tengo que decirlo, aunque suene feo: no necesito más amigos. Mi lista está bien así.

Si aparecen nuevos, van a tener que medirse con una vara muy alta.

 

 

 

Respuesta

Sé la respuesta desde hace tiempo.

Si sucede ahora la tengo lista para los amigos.

Si sucede después se la diré a los hijos, a los nietos si es preciso.

Sé la respuesta a la pregunta que me harán.

“Yo no confiaba en él”, diré.

Cansada

Me parece que no puedo más.

Me parece que el mundo es una imbecilidad que otros se inventaron para mantenerme entretenida, que cuando duermo no existen, que las personas son versiones de las personas que deberían ser, que me maltratan y me exigen más porque saben que lo haré, que no importa si estoy o no, que no hay uno solo en el mundo al que le preocupe mi existencia, que me gasto escribiendo esto, que no hacen falta las explicaciones, que estoy decepcionada y quiero mantenerme así.

Me parece que me rindo.

Zozobra

Dice la definición “Sentimiento de tristeza, angustia o inquietud de quien teme algo.”

Digo yo: “Estado normal de las cosas para mí.

(Me muero de pensar en el final, pero no vivo sin pensar en él)

Un año

Hace un año, y yo estoy aquí diciendo: “hace un año”, sin creerlo.

Todo el año he tenido para adaptarme a la idea. Todo 2015, para convencerme de que no estás, de que no importa hasta qué horas espere, no vas a llegar.

Me he puesto en todas la situaciones posibles:

He ido a otro país para creer que solo estamos lejos.

He soñado que estás.

He soñado que solo estabas enferma y que regresaste.

He soñado que tengo 4 años y que suenan tus pulsos y yo salgo corriendo a recibirte.

He imaginado que la realidad es un sueño .

He dicho “bien” cuando los que no saben me preguntan por ti.

He dicho “bien” cuando los que sí saben me preguntan por mí.

He llorado, he gritado, he reído, he amado, he leído, he comido, he dormido, y no has estado.

He crecido sin ti.

He aprendido a no decir nada.

No me he enfermado, porque tengo miedo de que no haya nadie que me cuide por al noches.

He agradecido a todos los que me han ayudado.

He cuidado a Albertico, él te necesita más que yo.

He comprado un fogón nuevo, para que no se incendie la cocina de nuevo.

Me he puesto a analizarte, a tratar de comprender tu carácter.

He entendido que todo te salía mal, y por eso te ponías tan… así.

Me he culpado por no llevarte conmigo el jueves a Coppelia.

Me he dejado el pelo suelto, aunque no me guste, por ti.

He hecho de todo, o casi de todo.

Pero, sobre todas las cosas, te he extrañado.

 

 

 

 

Advertencia

¿No te da miedo de que una de las veces en que digo “ya no te quiero más” sea verdad?

Yiya

Que no importa cúanto uno se lo espere.

Que no le interesa a nadie que estabas viejita y que fumabas sin parar, pese a la silla de ruedas y al balón de oxígeno y a la gritería de los médicos.

Que no quiero oir nada de que de la generación de los jóvenes todo el mundo se ha ido o no han tenido hijos, y que toda la familia ahora es de tu generación, y que solo hay unas viejitas por ahí, y mi hermano y dos primos y nadie más.

Que no me interesa que la gente se lo tome normal, al fin y al cabo no eras ni siquiera mi tía, sino mi tía abuela, una hermana menor por parte de padre de mi abuela, una tía de mi mamá.

No me interesa nada de eso, porque eras tú la que le daba dinero a mi mamá disfrazado de regalos diariamente, porque tu casa siempre estaba llena de gente a las que le regalabas todo: tus mandados, tus ropas, tu comida.  Te quedabas sin nada, con la misma alegría que si tuvieras más.

No quería despedirme, aunque me lo habían advertido, porque en tu casa podía llamar por teléfono, tomar agua, encontrarme a toda la familia, enterarme de todo, aprenderme la charada completa.

Me dolío, me dolió mucho cuando me lo dijeron, porque esa noche terrible, cuando todo pasó, tú llegaste de primera al policlínico en silla de ruedas, y le tomaste la mano a mi mamá, y me dijiste: “ve, mijita, ve a saludar gente, que yo me quedo aquí con ella”.

Y lloré, lloré bastante, porque tú eras la columna que sostenía a la familia con tus matraquillas, porque nadie como tú estaba al tanto de todos, porque ya no me vas a llamar al trabajo para que te pase un recadito por el cumpleaños de nadie, porque cuando tu moriste, murió lo que quedaba de unión, se perdieron para siempre las meriendas, y las vueltecitas, las órdenes, los números fijos y corridos.

Contigo se fueron los últimos recuerdos de mi niñez.

Adiós, viejita buena

 

 

Temores

¿y si las que escriben poemas, las que escuchan canciones, las que aprenden citas de memoria, las tontas románticas que niegan serlo, no le importan a nadie?

¿y si las que quedan son las prácticas, las atrevidas, las que no divagan, las que no son yo?

¿y si me vuelvo una (otra) de las que tiene que desmentirse en público, de las que tiene que borrar post apresuradamente, de las que no sigues ni en las redes sociales?

¿y si llega ese día y ni siquiera me importa?

 

Mesario

Desde que cumplimos un año, nunca me acuerdo del dichoso aniversario mensual.

Y el cuarto del lado se alquila.

Mi vida: día 20, es un número lindo, ¿no? ¿por qué nos cuesta tanto?

Podríamos vivir sin celebrarlo, claro. Pero, antes, cada mes comíamos por ahí, nos regalábamos paseos, lo esperábamos. No quiero vivir sin eso.

Propongo que cada uno sea el encargado mensual de recordar la fecha. Este mes yo me acordé (tarde, pero segura) así que el próximo es tu misión.

Quedas informado.

(Vamos a tener que poner una alarma, en serio)

Planes

Te dedicaré en pasado

los versos que aún no he escrito,

las palabras más sublimes,

los sinónimos ya dichos.

Te dejaré que gobiernes

este reino compartido.

Te abrazaré en las mañanas

y en las noches, si es que hay frío.

Te escucharé las locuras,

aunque no entienda el sentido.

Te reprocharé cada cosa,

porque sabes que es mi estilo.

Te acompañaré en silencio,

si es que programas un sitio,

si es que redactas las clases,

si es que escribes todo un libro.

Te odiaré si te demoras,

si no entiendes lo que digo,

si rememoro momentos

en los que no tuve sitio.

Te dejaré, sin retorno,

si resulta alguien herido:

si lastimas mi corazón,

mi hígado o mi intestino.

Permitiré lo que quieras,

menos mentiras piadosas,

menos comidas ligeras,

menos negativas sosas.

A cambio te pido algo

(lo normal en estos líos):

que me dediques tu vida,

que para siempre seas mío.

 

 

 

 

 

Silencio

Hay días enteros en los que no hablo, en los que te vas temprano y me dejas en la cama, semidormida o semidespierta.

Esos días llego al trabajo y no hay nadie, o sí, está el grabador de audio, que se concentra en esperar las respuestas al correo de una novia lejana.

En el Facebook las notificaciones son miles y decido no abrir ninguna, antes de elegir a cuáles dar click. Los mensajes son menos, y se pueden leer en el resumen, sin abrirlos, sin alertar a los que lo enviaron de que los leí.

Redacto las notas refritas de los sitios de siempre, y mientras me detengo a leer los comentarios de siempre, se asoman y me preguntan si quiero café. Digo no con la cabeza.

Me pongo a pensar en el café como tema para miles de poetas, de escritores de blogs, de románticos reales y falsos, de personas que fingen amarlo, y de personas que no pueden vivir sin él. El café como excusa para entablar conversaciones, para tener sexo, para acercarte a alguien, para verse de cerca, para fumar, para reunirse, para huir.

Y yo, sin poder usarlo de justificación, porque no tomo y porque no lo amo; a riesgo de que me miren con asombro, o con desprecio, de que, a veces, no siempre, al decir “no” al café, me destierren del mundo de los cool, de los “ellos si”, de los poetas.

Me sacudo las divagaciones y sigo buscando notas para un noticiero que nadie escucha, mientras el aire acondicionado viejo pone el único sonido ambiente. A esta hora de tanto sol creo que no hay ni tráfico en 23. Si hay alguien afuera, las cortinas oscuras de alguna extraña forma están impidiendo que llegue el ruido.

Escucho también en silencio las grabaciones, no edito ninguna, hoy no es necesario. No interactúo con el grabador, él mismo, sin que yo le pregunte, me dice el tiempo total.

Imprimo las tres copias, las dejo en el buró de la cabina de transmisiones (no hay nadie, han salido a comprar dulces), y regreso a mi computadora. Ya se fue mi compañero silencioso.

Me siento, escribo un post sobre el silencio, mientras hablo conmigo misma, en un intento un poco tonto de escuchar voces, aunque sea en mi cabeza (eso no suena bien, pero no lo reescribo, no es necesario, nadie me lee).

Cuando el post acaba, me quedo tranquila, en silencio, esperando que suene el teléfono. Deseo con todas mis fuerzas que caiga la noche, que sea la hora de dormir, que no llegue la comida compartida, porque en días así seguro será silenciosa.

Quizás mañana estén todos más habladores. Quizás mañana ya no me sienta tan sola.

 

 

 

Brujita

La conocí el día de la fiesta de los CDR del año en que yo estaba en sexto grado. Me dijo: “Hola, qué pelo tan bonito tienes” y la odié, porque odio mi pelo y pensé que se burlaba de mí.

Un año después, cuando comencé en séptimo me tocó el timbre de la casa, mientras yo dormía en el sofá. Esta vez, me vino a pedir agua: “Soy yo, Grettel, estoy en tu grupo, vivo al doblar, ¿te acuerdas de mí en la fiesta de los CDR?”. Yo, cariñosamente, le contesté: “Si vives al doblar, ¿POR QUÉ VIENES A PEDIR AGUA AQUÍ?” (recuerden que estaba dormida, y que era adolescente).

Ella no se molestó, al contrario, se rió ampliamente, y me preguntó: “¿Cómo se llama tu mamá? para pedirle el agua a ella.”. “Susana” -pensé- “Zoila”-dije.

Y ahí cometí el error más grande de toda mi vida, porque yo no la conocía, no sabía, como ahora lo sé, lo distraidísima que podía llegar a ser Grettel. En fin: no me imaginaba que, para toda la vida le diría así, y, no solo Grettel, sino todos los de una generación entera de personas que me conocieron durante la secundaria y que empezaron a decirle Zoila a mi madre, sin comprender su mala cara, sin entender que ella no era del tipo del que le gustan los chistes, sin saber, siquiera, cuál era el chiste. Para ellos no era Susana. Grettel, que casi vivía en mi casa, les dijo que se llamaba Zoila.

Toda la secundaria vivimos pegadas una a la otra. Grettel y yo éramos una, lo que es chistoso, porque no nos parecemos en nada, ni físicamente, ni en comportamiento, ni en criterio de hombres… Ella es alta, de pelo lacio negro,  pinchadora, distraída, y bailadora; yo casi enana, con mucho pelo, conflictiva y patona. Ella ama a los gatos, a la música y a las brujas. Yo soy más de perros, de libros y princesas. Ella quería un mangón. Yo, un genio.

Juntas cumplimos todos nuestros sueños, conquistamos a los que nos propusimos, (y a los que no, los olvidamos sin problemas), aprobamos las pruebas sin estudiar, comimos helados y durofríos, compartimos almuerzos y rosquitas, nos reímos como tontas de todo y planificamos una vida en la que, de viejitas, no nos faltaríamos.

Cuando fui a la Lenin y ella se quedó en el Mella, seguimos viéndonos los fines de semana, y más días, porque hacía las guardias conmigo de vez en cuando, colada en la escuela, tan guarosa siempre que me presentaba amistades (en un lugar donde yo estaba a tiempo completo y ella había acabado de llegar).

En algún momento se enamoró la Grettulina de un menorcito cualquiera, uno que ni siquiera bailaba, uno más de los que se prendaba una semana o dos, y a los que luego no les daba ni un beso, dejándolos siempre locos de deseos. Pero de este se enganchó de tal manera que aún sigue ahí, que no recuerdo ya si estuvieron separados alguna vez, que se casaron y tienen un hijo. Se enganchó mucho, vamos.

Hoy se cumplen 12 años de que la conocí. Ya no nos vemos casi, aunque ella viva al doblar, aunque sigamos siendo una, aunque tengamos deseos de sentarnos a reir por gusto. Su bebé tiene cinco meses y lo he visto una sola vez. Trabajo y ocupaciones, digo yo. Excusas, pienso.

Me llegó el mensaje tarde anoche: “Gracias a los CDR por conocerte, eres mi mejor amiga, aunque no nos veamos seguido, siempre serás mi confidente y mi refugio, mi hermanita mayor. Te quiero, Saimi.”

Ya sé que muchas cosas han cambiado. Pero esta no: sigo celebrando nuestro aniversario, porque Grettel sigue siendo mi mejor amiga, mi confidente y mi refugio; mi Pumba, a la que yo, Timón, le robo las palabras.

No voy al doblar, pero sé que está ahí, que en cualquier momento tocará el timbre mientras duermo la tarde. Sin saber eso, no podría vivir.

 

Catarsis

Debe ser maravilloso que te lean porque sí, que te escuchen sin pedir nada a cambio, que busquen tus pensamientos, que les importe de verdad lo que dices.

Todos buscamos oídos, eso es cierto, buscamos colonizar con nuestras historias a las otras personas. (Esa idea no es mía, la obtuve de un genio, de Milan Kundera, pero leyéndola supe que era cierto)

Las personas que mejor nos caen son aquellas que nos escuchan, porque en el fondo (egoístas que somos) pensamos que lo más importante es lo que nos pasa a nosotros.

Yo trato de no hablar mucho de mí (de nosotros) y cuando me reúno con mis amigas, que me preguntan, digo: “todo bien, ¿y tú?” y las dejo desahogarse en sus historias, mientras voy comparándolas con las mías.

Porque los amigos tienen sus ideas propias, basadas en sus propias vivencias, claro está, y ellos nos darán consejos, nos dirán lo que piensan, pero ¿y si se trata de una situación que solo quieres contar porque te hizo feliz, o porque te dañó? ¿y si hablamos solo para desahogarnos y no queremos oír lo que piensa nadie, solo escucharnos a nosotros mismos?

Estoy convencida de que, en el fondo, las anécdotas, sobre todo las de  amor, solo le conciernen a quienes las viven. Si queremos un oyente realmente interesado, que piense lo mismo, que se esté ubicando en lo que decimos, ¿quién mejor que ese que estuvo ahí, contigo, vibrando a la vez, sintiendo lo mismo, o casi lo mismo?

Pero ¿y si la persona no quiere oirte? ¿si no quiere leer tus palabras? ¿si busca tu blog cuando tu le mencionas el enlace cuatro veces como quien no quiere las cosas?

¿Y si en el fondo solo quiero que me escuchen? ¿Y si solo estoy fingiendo que escribo para que nadie me lea? ¿Y si quiero que me busques porque sí?

¿Y si no tuviera que comentarte como al descuido que escribí hoy?

 

Pelea

Tú me dices conflictiva. Yo te miro, conflictivamente.

Tú sonríes. Yo me pongo más conflictiva.

Tú mantienes la sonrisa, pero pierdes el brillo de los ojos. Yo me pongo a la defensiva, aunque no me están atacando.

Tú te pones serio. Yo te ataco, sin razón, sin sentido; con razón: para mí tiene sentido.

Tú te defiendes con una frase dulce, inesperada, absurda, única. Yo me trago el nudo que sube por mi garganta, perpleja y desarmada.

Tú haces silencio. Yo te miro, fingiendo no mirarte.

Tú haces silencio. Yo me desespero.

Tú haces silencio. Yo te beso, con un beso ínfimo en la carita de hombre bravo.

Tú me miras, aún en silencio, y haces ese gesto de reproche. Yo te odio un poco, y aprovecho para decir te quiero.

Tú sonries y me dices conflictiva.

 

Recuerdos

Yo descubrí lo más triste de toda la experiencia, y es acostumbrarse a la idea de que dónde había una persona, una voz, un comportamiento, ahora solo hay recuerdos.

Ya no tocaré más sus manos, ya no pasaré las manos por su pelo, y de ahora en adelante, para escuchar su voz tengo que poner play en mi memoria, porque no la escucharé más.

A veces me dan ganas de esconderme a llorar, o a cantar, o a esconderme, porque sí.

Pero no puedo, porque esa persona no está, pero yo sí.

 

Día 28

El 28 de noviembre de 2012 fui a la Embajada por primera vez. Me llamaron en enero: no, no podía ir a la boda de mi hermana.

El 28 de octubre de 2014 regresé. Esperé pacientemente.

El 28 de noviembre de 2014 fue el día más terrible de mi vida. Nunca lo olvidaré, nunca. Nunca te olvidaré.

El 28 de enero de 2015 me llamaron. “Si, puedes ir, ve a ver a tu hermana.” Justo ese día, cuando ya no tenía deseos, no podía, no sabía si debía, aunque lo hice.

Hoy es 28 de julio. Voy al médico. Dios, que no sea otro día terrible.

Me quedo, te quedas.

Aunque me gusta mentirme a mí misma, siempre he estado segura de esto: desde el primer beso yo sabía que no te iba a dejar ir tan fácil.

Prepárate, que no te has dado cuenta, pero soy imbotable. 😉

Crónica

Yo estuve en el fin del mundo.

Caminé sus calles.

Vi sus montañas infinitas que tapaban el sol hasta mediodía.

Allí supe lo que era el frío, y me gustó: más que el calor artificial, más que los aparatos que todos aman y que me negué a usar porque amenzaban con electrocutarme en las noches.

En donde el universo acaba odié la publicidad, pero amé lo que publicitaban. El emisor no era culpable del mensaje (¿o sí?)

Entre edificios raros y flores enormes abracé sin descanso a dos niñas pequeñas que reían con el corazón, que cantaban con alegría real, que me amaban con la misma fuerza con que me dejaban de querer a ciertas horas .

Allí tomé té, café, Coca-Cola, Monster, Fanta, 7up, Tequila Margarita, Kriek Max, Pisco Sour, Vodka-naranja, jugo de frambuesas, Sprite… (nunca, nunca, nunca agua)

En internet aprendí que me sentía yo misma, en el mismo lugar, pero no era yo misma, ni estaba en ningún lugar.

Con mi alma gemela aprendí gestos, reproches, y palabras:  dolor, pasado, tristezas, risas, defectos, comprensión y perdón.

En ese lugar supe que hay otros, que somos iguales, pero también totalmente opuestos.

No sé qué fui a buscar en el fin del mundo, pero ahora que volví, lo traje conmigo.

Sin licencia

Reproduzco sin su autorización sus palabras:

Yo dije:

“Yo quiero y no quiero:
despegar las alas,
alcanzar el cielo,
borrarme las sombras,
enterrar el miedo,
cantar las canciones,
agarrar el tiempo,
reírme con ganas…
Yo puedo y no puedo.”

Él me escribió:

“vuela, alcanzalo todo, tan alto que no haya sombras, donde no existe el miedo, donde cantes y rías con la fuerza del viento

Hazlo todo, y hazlo conmigo, por favor”

Para siempre

Quiero conservar para siempre el post que me escribió mi hermana en Facebook el día que le dije que volvería:

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Te vas, separadas por mar… entre mar y mar.  Anidas en tu corazon la osadía como en las películas … o esas teleseries baratas de las que nos reíamos hasta ayer..

No puedo detener y cambiar lo que ya se pensó y se decidió.. solo me quedaré con tu sonrisa y con otro hasta pronto… lo difícil es que siempre hay lágrimas y esperas.. y un desdén de rabia.. por no poder cambiar nada..

No tengo el control de nada.. tengo solo la certeza de que estás en mí desde antes de conocerte… por lo que me hiciste, me haces, y me harás falta … y volveré a desvariar mientras plancho y a aferrarme a los gritos y al instante único de volver a verte.. pequeña

Miedos

Tengo miedo del olvido y la falta de cariño.

Desde pequeña mi respuesta a la pregunta: ¿a qué le temes? fue: “a las hormigas”. Mi respuesta mental, mientras, era: “a que nadie me quiera”.

Me aterroriza que se cumplan las cosas que digo.

Aunque quiero evitarlo, si digo estupideces, luego tengo mucho miedo de que se cumplan. Por eso, si falto al trabajo no me invento enfermedades, y si quiero hacer chistes futuristas, en ellos solo pasan cosas buenas.

Tengo fobia al ridículo.

Tengo terror a que la gente hable de mí a mis espaldas, a saberme traicionada, a descubrirme como tonta ante los ojos de otros. Preferiría mil veces el abandono a ser víctima del escarnio público.

 Me asusta sentirme bien.

Me parece que si soy muy feliz, que si me río mucho, que si me siento muy bien, algo terrible vendrá después, algo que borrará esa felicidad y me hará arrepentirme de haber sido tan feliz. A veces, a mitad de la risa me viene esa idea.

Vivo con miedo.

 

Decepción

Esa noche horrible me dijeron todos: “estamos aquí, no te dejaremos sola, nunca.”

Me fui un mes, volví, y aún no me llaman ni me responden los teléfonos.

Vivo en el mismo lugar, nadie va a verme, solo están los de siempre.

Y no es que no me baste, es que asombra el infinito poder de olvidar de las personas.

Incluso de las personas que te aman.

Algo cambió

y no son buenas noticias.

Última voluntad

Si yo muero pronto, por cualquier motivo: si se cae el avión, si me enfermo, si no consigo respirar de pronto, si sufro un accidente automovilístico, o si el viento me arrastra desde el cuarto piso de un edificio azul, pido solo estas cosas:

– Que me entierren en Santiago de las Vegas. Esto no aplica en lo del avión, pero hagan un esfuerzo y pongan algo conmemorativo allí.

– Que si me llevan flores no paguen por ellas. Quiero flores de jardín, quiero nomeolvides…

– Que alguien lea libros que no he leído por mi. Los que no estén en Wena Literatura son los que me faltan mayormente. Aclaro: esto es porque si me vuelvo fantasma, querré seguir leyendo, y haría falta que alguien pase las páginas por mí.

– Que me recuerden en mis días felices, no cuando grito, ni cuando lloro, ni cuando me quejo. Sé que es difícil, pero estaré muerta, no es mucho pedir.

– Que alguien por favor actualice mi blog, ese donde obligo a la gente a leer.

– Que lleguen a este post y crean: es adivina. Y se queden con la idea de que tengo poderes mentales especiales.

– Que no olviden que si están leyendo esto es porque son personas que quiero mucho. No cualquiera tiene acceso a mi diario.

Solamente una vez

Una vez me dijeron: antes de ti quise sólo una vez. Y me doy cuenta de que tú la pasaste por dos estrellas de distancia…

Por varios años saberme a dos estrellas del ser más cercano en el corazón de alguien me reconfortó y me animó.

Hoy sé que eso no importa.

Estar en el corazón de alguien que apenas ama no es un mérito mayor. Conservar sólo en mi corazón a quienes me tienen en el suyo es una tontería.

Uno debería amar independientemente de los sentimientos ajenos.

Yo quería que la canción: “solamente una vez amé en la vida…”, fuera mi lema.

Pero no lo logré, porque mi vida era cortísima en ese entonces y aún lo es.

Porque amar es lo mejor del mundo y saberse enamorado es siempre divertido.

Porque ahora me descubrí enamorada y no es la primera vez, pero se siente como si lo fuera.

 

Odiosa

Odio la escuela (y eso que ya no voy, pero me gusta decirlo).

Odio el trabajo.

Odio al Vedado.

Odio a Miramar.

Odio a todo y a todos…

Excepto a él.

(y, a veces, lo odio)

Diario

Este no es un blog, es un diario. Y por tanto debo contar las cosas que me pasan. Al fin y al cabo cumple uno de los requisitos fundamentales de los diarios: nadie lo lee. XD

Hoy me pasaron por correo un archivo pdf. Lo enviaba una representante de la compañia aérea Lan, quien, por cierto, debería cambiarse la foto de perfil de gmail, ya que aunque enviaba un texto muy profesional, la vi semidesnuda en una piscina besando a alguien.

En fin: que la compañerita de Lan mandaba, luego de decirme: “estimado”, un adjunto en el que llegaba el cambio más importante de mi vida desde noviembre pasado.

El pdf, como ya habrás imaginado, querido diario, es un pasaje de avión, fechado para el domingo 3 de mayo a las 17:00 horas.

No sé como explicar cómo me siento ahora mismo. Estoy feliz, emocionada, nerviosa, pero, algo más.

Estoy intentando rescatar a la que una vez fui. Quiero ser la que en 2012, cuando pedí visa, solo pensaba en volar, lejos de mi aburrida vida, lejos de mis problemas y de mi rutina. Quería empezar de cero, y ese viaje a Chile parecía la manera correcta de hacerlo.

Pero hoy no soy esa. Porque mis problemas de vida aburrida se volvieron más graves. Y me doy cuenta desde la distancia, de lo sencillo que era todo en ese momento. El día más triste de mi existencia había sido cuando me negaron la visa. Qué ilusa.

Pero ahora es cuando dicen que sí. Ahora es cuando debo decidir cosas triviales como la cantidad de bloomers que echo en la maleta. Ahora es cuando debo ir a mirar y regresar lo antes posible.

Porque ya decidí que no sé vivir con el cuerpo lejos del alma.

Y mi alma está en Cuba. Mi alma se quedará siempre en mi casa fea y grande, junto a mi hermano, junto a los recuerdos de mi madre, junto a mis amigos eternos, junto a mis amores y desamores.

Por eso, a pesar de las sobrinas preciosas, de la hermana más buena , del cuñado más trabajador y comprometido con la familia del mundo; a pesar de la perspectiva de cambiar, del peligro de perder la oportunidad, regresaré.

Ojalá la vida me permita cumplir esta promesa que hoy, al recibir el pasaje de Lan, me hago a mí misma.

Besos, querido diario. Deséame suerte

Yo

 

No soy

No soy ni la primera,

ni la última,

ni la que más ha reído,

ni la que más ha sufrido,

ni la que más ha durado,

ni la que menos ha soportado,

ni la que nunca han querido,

ni la que no han aceptado,

ni la que esperan los padres,

ni la que causa rechazo.

No soy la que inspira poemas,

ni la que para el tráfico,

ni la más proporcionada,

ni la de ojos de gato,

ni la que sabe muchísimo,

ni la que no es tonta de milagro.

No soy la causante de ningún arrebato,

ni espero serlo nunca, no merezco ser tanto,

ni soy la que estuvo en el momento amargo,

ni la que gozó más,

ni la que tiene un retrato,

ni la que compartió la escuela,

ni la que fue al trabajo.

No soy lo que no he sido,

porque no soy pasado.

 

Negación

Ahora lloro menos.

Sueño lo mismo todas las noches.

Me creo que es una mentira.

Si de las etapas del dolor esta es la negación, por favor, que alguien me ayude a librarme de mí misma.

No me soporto.

Ceiba

Yo tengo un lugar preferido, como todo el mundo. Lo que pasa es que a mi lugar preferido no lo conocen muchas personas, solo sus cientos de habitantes y algunos inquilinos de los pueblos cercanos.

Dice mi hermana que salió de un cuento. Digo yo que es un lugar inventado, que me imagino cuando no estoy allí, y que visito cuando no estoy en el mundo real. Dice mi tía que deje la locura y que no le falte el respeto diciéndole que su pueblo no existe.

Y es que yo he estado en sitio lindos, en sitios abundantes, en sitios felices, pero nunca, nunca, he amado tanto un lugar como amo a Ceiba del Agua.

Yo no nací allí, pero mi padre si.

Las pocas veces que fui de niña me resultaron incómodas y aburridas. Mi tía era buena y cariñosa, pero mis primas la celeban todo el tiempo, ella era su mamá, yo no tenía derecho a arrebatárselas. Mi abuela era  gorda, con gatos y perros alrededor, sin notarme mucho, según me parecía. Mi tío era un tío lindo y joven del que presumir. Había siete calles, una hilera de cítricos, una discoteca sin techo y… nada más.

Cuando tenía como doce años y empecé a entrar en la adolescencia, descubrí de pronto el encanto de tener primas de la misma edad. Ellas me entendían, me querían presentar a sus amigas porque yo era la prima de La Habana, y lo mejor: tenían amigos de la misma edad.

En Ceiba di mi primer beso: un piquito insignificante en una fiesta de Quince. Allí Jessica puso marbelline en mis ojos por primera vez, y allí quise volver cada vez más seguido.

Un día aprendí a ir sola, y con mi mochila caminé más de la cuenta por miedo a elegir mal la botella o a coger la guagua o el camión equivocados. La experiencia me encantó: yo no llegué cansada, todo lo contrario: me esperaba un sábado de disco, a mí, la niña que nunca aprendió a bailar bien.

Entre vacaciones, y fines de semanas descubrí el amor en Ceiba. Fue allí donde sentí por primera vez a las molestas mariposas que no me abandonaron por años y que tenían un único nombre problemático. Fue allí donde me desenamoré también, cansada de esperar algo más, algo tan importante que ya no importa.

Hay tanta gente querida reunida en un pueblo de siete calles, que me cuesta creer en la vida sin Ceiba, en mi vida sin Ceiba. Desandando la calle central del pueblito que no existe descubro con asombro que conozco a todo el mundo. Puedo recordar al menos una persona por cada casa, puedo establecer relaciones afectivas entre ellos; puedo, incluso, armarme de una lista de amigos y enemigos en Ceiba. Y nunca he vivido allí. (No por falta de deseos)

Para mí es lo mismo amar a Ceiba que amar en Ceiba, porque yo amo a Ceiba por todo lo que me dió. Y por todo lo que me quitó.

No importa que tan lejos esté, siempre puedo regresar a las madrugadas de hablar y hablar, a las comidas a deshora, a la bulla y la alegría, a los problemas insignificantes, a los vendedores que te llaman por tu nombre, al caminito del cítrico, al fútbol del parque, a los amigos que me dicen Saimurri, a los sillones viejos, a los juegos de carta… a Ceiba. Y esa es la definición de felicidad para mí.

 

De acuerdo

No es decir que no, es sentir que no.

Lista de cosas que no haré de ahora en adelante

Desde hoy me declaro en huelga y no haré estas cosas. De todas maneras nadie lee mi blog y puedo poner lo que me dé la gana cuando quiera. Incluso puedo escribir un post contrariando este post.

Por ahora aprovecho la intimidad de mi diario secreto-público, para poner mi lista hermosa de cosas que no me dan deseos de hacer 😀

1. Usar esta carita: 😛

2. Responder a nombres como Guazazú, Evilacia, Penny y nenita. (nota: este último me parece que no es exclusivo, así que no me gusta) (nota 2: me quedaré con Tita, Tatica, Puti-Puti y el Yuyurrumí femenino) (nota 3: los nombres aún no inventados estarán sujetos a consideración)

3. Ponerle me gusta a cosas que no me gustan.

4. Ponerle me gusta a cosas que me gustan de personas que no me gustan.

5. Quedarme callada cuando hablan otro idioma. (puedo no entender pero eso no significa que no hable, así que usaré oraciones tipo, como: el raspberry pi en el cluster o programar en python la radiofrecuencia.)

6. Ahorrar saldo del teléfono. (Nunca lo he hecho, pero ahora ni lo pensaré: si tengo ganas de pasar un mensaje, ¿quién me lo va a impedir?)

7. Quedarme dormida molesta. (Para esto es mejor no molestarme desde que oscurezca, me quedo dormida muy pronto, y si quiero cumplir este punto, mejor empezar temprano)

8. Terminarme libros que no me están gustando.

9. Sentirme culpable por complacerme caprichitos.

10. Decir que me gustó algo solo para estar de acuerdo con los demás o para no herir susceptibilidades.

11. No hacer listas (Si, las amo!)

12. No recoger gatos o un perrito que me guste (si, esta es la segunda cosa que pongo que trata acerca de no no hacer)

13. Hacer cosas que no tengo deseos (como bien me he encargado de explicar en esta lista)

14. Terminar las listas en un número que no me guste.

15. Dejar de estirarme en público.

16. Quedarme callada cuando tengo ganas de decir algo.

Egoísmo

No sé si es un soberano egoísmo de mi parte, pero a veces, cuando en las noticias están pasando las cosas más terribles, o más inesperadas, cuando el mundo cambió para siempre, cuando se supone que debo estar alerta, y sensibilizada, me pongo a pensar justo lo contrario: en mí.

Pienso en mi propia vida, en mis problemas, y me parecen más grandes que todas las lejanas guerras, o la paz. Y no crean que estoy orgullosa de esto, al contrario.

Cuando esas cosas pasan me pongo a autoanalizarme, y a juzgarme, porque, claro, no está bien que yo piense que no tener agua, o que mi hermano no me hace caso, o que estoy triste, o que mi amiga cercana tiene un problema, es más grave que que mueran personas inocentes, o más importante que que dos países enemigos decidan negociar una tregua política. Por supuesto, concluyo que es un descaro considerar que lo que afecta a una única persona es acaso significativo para otros.

Sin embargo -y ahí va el análisis egoísta- considero que si yo misma no me preocupo, ¿quién más lo hará? Si yo no creo que es urgente molestar a los de acueducto hasta el cansancio, si no le exijo a mi hermano que cumpla con sus tareas, si no lloro envuelta en una sábana por aquello que es imposible, si no ayudo a la gente que más quiero ¿quién lo hará por mi?

No sé si será algo que me pasa solo a mí. Pero estoy casi segura de que no es así: somos personas que intentamos vivir la vida, como aquello que me explicaba mi papá cuando era niña de la pirámide de las necesidades. ¿Puede alguien pensar si no está cómodo? Yo creo que no, que alguien que no es feliz no puede dedicar su energía completa a otras cosas que le interesen menos, si antes no resuelven aquello que los hace infelices.

Mi teoría es que por eso existen los héroes: son iguales que yo, pero aquello que los obsesiona es el bien común, o al liberación de la patria, o los sueños de igualdad, ¿qué sé yo?

A mi me obsesiona el agua, me obsesiona la alegría de la gente que conozco, y me obsesiona que mi hermano vaya por el camino del bien. Después, cuando resuelvo esas cosas al menos por un rato, me preocupo, -de verdad- por el mundo.

Es un egoísmo, lo admito, pero no quiero cambiarlo.

Definición

Si pudiera definirte serías la ternura. Por encima de la inteligencia, si, aunque me mires escéptico. Y no hablo por acciones dirigidas solamente a mi, aunque a veces quisiera que así fuera, (ya me conoces).

Admiro como tratas  a las mujeres de tu familia, como eres capaz de elegir siempre las palabras correctas, el gesto perfecto, la motivación que esperan. Porque tú eres el líder de la manada, un líder compasivo y suave (y achuchable) en el que buscan consuelo, alegrías y apoyo.

Envidio a tus estudiantes preferidos, a los que llamas mis niños, posiblemente sin que ellos lo sepan, y en cuyo valor confías ciegamente. Te veo impulsarlos, y halagarlos, reconociendo sus méritos siempre, y dejando espacio para compartir chistes, gustos y comidas con ellos.

Noto el tacto con el que te acercas a las personas que respetas, la manera en que expones tu desacuerdo sin ofender, aunque te digas conflictivo. De la misma forma has intentado incluirte en mi entorno, sin presión, haciendo reir a mis amigas, y teniendo en cuenta detalles que ya había olvidado.

Y a mí, la última que llegó, me hablas como a una niña pequeña, soportas mis infinitas perretas, me aprietas cuando el llanto de cada día toca por las noches… y no encuentro el lugar, ni la hora, ni las palabras, para decirte gracias, no me sueltes. Porque eres capaz de perdonar hasta los silencios que sustituyen las palabras que debí decir.

Cuando me tocas con tu ternura infinita (aunque suene a palabras ya dichas), yo me deshago en tus manos, porque mi piel reconoce el contacto sincero y la dulzura. Cuando me miras, (a mí no me jodes) estás enfocándome el alma, para disparar a matar.

Y no hablo de sentimientos, porque no quiero, ni digo que se deba exclusivamente a esto de la vida compartida-invadida: hablo de tí, de que eres así, de que tus manos no pueden evitar transmitir tu escencia, de que no puedes hacer que tus ojos reflejen otra cosa, y de que te adoro, porque decidiste (en algún momento de evidente locura) compartirme un poco de eso.

 

No sabría (Razbliuto)

No sabría decirte,

si esperé mucho tiempo.

Diré que fue una pausa,

un absurdo, un intento.

Y el olvido (¿qué olvido?)

el peor desacierto.

Yo lo siento, he vivido.

Que perdonen los muertos.

Y no vuelvo al pasado,

al oscuro momento.

Yo me digo: he olvidado,

y ¿sabes? no lo siento.

De los años, Sabina,

que curaban los besos

no quedó ni la herida,

ni el más dulce concierto.

Adiós, querido amigo,

adiós, por el momento,

espero que este chao,

por fin sea el eterno.

Si esta vida es mi vida,

si tú fuiste el correcto,

confieso que he cambiado,

con un nudo en el pecho,

que deshizo una mano,

que compuso otro cuerpo.

Me voy, y aunque no estés,

te conviene saberlo,

porque puedes gritarme,

pero atarme… no creo… 😉

Ve

Yo tengo una amiga que está enamorada. En realidad tengo muchas amigas enamoradas, pero estoy casi segura de que esta amiga está enamorada por primera vez.

No lo digo porque ella me lo haya dicho, estoy basándome en suposiciones, y si esta amiga lee esto y no está de acuerdo, diré, claro, que no me refería a ella, sino a otra amiga.

Pero yo sé que es así. Lo sé porque mi amiga tiene un novio, y una vida bastante buena y feliz, y una familia linda que se enorgullece de ella, y un bulto de amigos que la queremos, pero mi amiga nunca había brillado como hasta ahora.

Y es que esta amiga se ha enamorado de unas palabras, antes que de un hombre, y no hay nada más peligroso que eso. Esas palabras la sedujeron irremediablemente, y yo muy al inicio pude notar el peligro, pero se lo advertí, y ella negó con la ceguera de quien sigue a una mariposa al borde de un abismo.

Porque lo peor de todo es que esa amiga es correspondida. Y digo lo peor, porque se trata de algo maravilloso, pero mi amiga le ha puesto unas alas enormes a su corazón y ahora nada la hará volver. Mi amiga siente a través de las palabras el amor del otro, y lo transforma en combustible para estar viva.

Y yo a veces, desde afuera, quiero ponerle anclas, traerla de vuelta, argumentar que no hay modo, que parecen destinados al desencuentro… hasta que me llamo a capítulo y me digo: “no soy nadie”.

Mi amiga debe elegir. Y no digo que elija entre dos hombres, ni entre dos posibles vidas. Mi amiga debe elegir si quedarse tranquila, alimentándose de palabras, o actuar. Y yo, que aconsejo cordura, me acabo de dar cuenta que en su lugar, desplegaría mis alas y atravesaría las palabras (esas que han dado en el centro de su alma) para convertirlas en poemas ya no de letras, sino de manos, de pies y cinturas, de silencios y bocas.

Y que me perdone mi amiga, porque me estoy enredando y contradiciéndome y porque no es mi asunto, pero es que no hay manera de no dejarse arrastrar: estás en medio del huracán, pero no lo sabes, porque estás en el momento de calma.

Y aunque los vientos parezcan terribles desde afuera, ahora mismo te miro, y te digo lo que me parece mejor: ve.

La sillita

Yo tengo (o tenía) una sillita amarilla.

Esta silla no siempre fue amarilla: recuerdo el primer día que me la trajeron, olía a nuevo, a cosa linda y era de una madera casi blanca, sin barniz y con astillas.

Yo tenía 4 años y me trajeron la sillita junto a otra igual que era para mi prima Claudia (nadie quería celos entre las primitas de casi la misma edad que vivían en la misma cuadra, la calle 16) y me dijeron: esta es la tuya.

En algún momento, porque los niños no tienen sentido del tiempo, el esposo de mi mamá, Alberto, la pintó de amarillo y yo le puse dos calcomanías en el espaldar: la gitana del Jorobado de Notre Dame y el capitán rubio de la misma película.

Cuando cumplí 5 años nos mudamos a mi casa actual. Entre los muebles, claro, vino la sillita, que durante mucho tiempo fue omnipresente.

Si había reunión de conocidos, visitas numerosas o fiestas, alguien terminaba sentado en la sillita, y no siempre eran pequeños: “ella aguanta, tiene casi los mismos años que Saimi”, decía mi mamá.

Si había guaguas para la playa, yo no tenía que pagar el asiento: con un espacio en el pasillo me sobraba, porque Santiago de las Vegas está lejos del mar (de cualquier mar), y el chofer no quería gente de pie quejándose, pero yo tenía mi sillita.

Volteada, con el espaldar como patas y la pared como apoyo -imaginénse la sillita, es como un taburete muy pequeño- la parte de abajo de la sillita, en ese momento parte de arriba, y llena de trapos, se volvía una cama confortable de princesa para mis muñecas y peluches.

Si no veía encima del escaparate o no alcanzaba algo (común para una persona que mide 1,50 mts) ¿adivinan? Me trepaba en mi sillita, que era fácil de transportar porque, claro, no pesaba casi nada, comparándola con otras sillas.

En algún momento, el amarillo del espaldar y del asiento se destiñó y yo misma le di unos brochazos de la pintura blanca para metales que había sobrado de la rejita del portal. Las patas de la sillita se mantuvieron de amarillo y las calcomanías de la gitana y el capitán rubio quedaron sepultadas, aunque se puede tocar la silueta.

La sillita era un objeto útil y casi lindo…

La sillita era parte de la familia…

La sillita estaba ahí siempre para mí….

Hasta que Ever, el hijo de mi vecina, se la llevó de paseo “un ratico”. De eso hacen casi tres años, y anoche, cuando pasé a verlo, estaba sobre MI sillita, sosteniendo su recién construida espada de papel…

¿Será que está mal arrebatársela y salir corriendo?

Ever, en MI Sillita

 

Dudas

Yo soy mis dudas. Aunque tenga un día feliz, en el fondo, las dudas me enredan y me deshacen, enturbian mis actos y disuelven mi fe. Porque si hay algo peor que dudar, es reconocer que las dudas son absurdas y, aún así, dejarlas gobernar.

Hoy me desperté con el lago en el pecho, que es como mejor sé describir a la sensación de vacío húmedo que se instala en el espacio donde debe estar el corazón.

Para mi la nostalgia es húmeda y transparente. Y me inunda ciertos días, sin que pueda hacer nada para exponerla al sol y dejarla evaporar.

Como hoy es un día nostálgico, solo pienso en hundirme en esas aguas tristes y dejar que las dudas decidan mi futuro. Y la corriente me arrastra y yo dudo de mí y de ti, y sobre todo, de ti y de mí juntos. Porque la nostalgia sabe convencerme muy bien del autosabotaje, y elige lo mejor de mi vida y lo hace parecer terrible.

Y termino deseando dudar, convenciéndome de la necesidad de la huida, de la hermosura de la soledad y el vacío salpicado, ya no de dudas, sino de tristeza sin ti.

Por suerte no estas aquí, y no me alcanzó el tiempo esta mañana para gritarte vete, que significaría abrázame. Cuando yo tenga estas incertidumbres, cuando mi día sea de lago, aléjate, mi sol, porque no respondo por mis dudas: ellas, traicioneras, responden por mí.

Hoy

Hoy no tengo ganas

de apagar el fuego,

no quiero sentir,

no quiero el silencio.

Hoy se fue el pasado

que me trajo el tiempo,

ahí quedó mi infancia,

todo lo que tengo.

Hoy quise gritar

y no hubo momento,

“no intentes tan fuerte,

no sigas sintiendo,

no puedes pararlo”,

susurraba el viento.

Hoy me importa tanto

todo lo que tengo,

que lo dejé a un lado

para no perderlo.

Hoy nació mi madre,

hoy fui al cementerio,

hoy quise olvidar,

lo que aún no entiendo,

pero me fallaron

el alma y el cuerpo.

Hoy quise escapar,

enfrentar el miedo,

y lo vi de frente:

Hoy sigue doliendo.

La llegada

Yo no soporto esperar. Ni que me esperen.

Sin embargo, hay ciertas esperas que tienen dentro de si mucha magia, un encanto especial, un qué-sé-yo (por decirle poéticamente a la ansiedad).

Cuando yo era niña me tocaba pasarme los fines de semanas alternos con mi papá. Uno si y uno no, aunque esto fue cambiando a uno si y el otro también, porque el venía todos los viernes, como quien se había olvidado de si tocaba, y me llevaba. Y yo feliz.

Pero los días que si tocaba, los fines de semana seguros, yo me empezaba a preparar desde temprano. Me bañaba, me acicalaba de batas y popis, y ponía las cosas en la mochila (casi siempre en la que tenía forma de perro, que fue la que más me duró porque su único uso era llevar ropa de fin de semana para casa de mi papá).

Pero mi Pito (así le decía, así le digo, y así le diré) siempre fue una persona ocupada, y más los viernes por la tarde. Por eso no llegaba temprano casi nunca. Y yo lo esperaba, primero, viendo los muñequitos, y luego asomándome (según yo disimuladamente) cada cinco minutos al portal para ver si el carro estaba doblando por mi calle.

Y algunas veces el cansancio me vencía (yo era una niña acostumbrada a dormir con la Calabacita) y tenía que acostarme a dormir, llorosa y asustada de esperar y con la duda de que no llegaría.

Pero esas veces, las que me parecían las peores,  se fueron convirtiendo en mis preferidas, porque cuando llegaba, no me despertaban, sino que lo mandaban a mi cuarto, y él me daba un besito y un: “Mi reina, ¿nos vamos?” que valían cualquier día de la semana sin mi Pito, y, por supuesto, cualquier espera.

No puedo

Yo no me puedo enfermar. Llevo días repitiéndome lo mismo. No me puedo enfermar.

El razonamiento empezó en la parada del P 16. Mi amiga y yo estábamos sentadas hablando de hombres-estatua, cuando un señor se nos paró al lado. Ella se apretujó contra mí en el banco para que el señor tuviera un espacito donde acomodarse, y entonces él le dijo:

-Dile a tu mamá que eres muy linda, y muy educada, y dale mis gracias.

Y mi amiga, que es muy linda y muy educada, sonrió con todos sus dientes y le respondió que se lo diría.

Entonces me puse a pensar que si alguien me decía eso, yo también sonreiría con todos mis dientes, como he hecho otras veces, porque cosas similares dicen siempre los señores amables.

Sin embargo, esa era la primera vez que escuchaba eso sin tener una mamá. Supuse que aunque hubiera estado yo del lado del que el señor se sentó y hubiera recibido yo esas palabras, no habría diferencia, porque hubiera sonreído igual, y continuado con mi vida. Pero el pensamiento de las cosas que no tendría más empezó a taladrarme desde ese momento.

Para empezar, está eso de que no puedo enfermarme. El trabajo de mi mamá era justamente estar ahí para mí. Una de mis frases más comunes, que digo siempre, porque la considero una verdad enorme es: “cuando uno está enfermo quiere estar con su mamá”.

Si yo me enfermo y tengo que quedarme en un hospital, ¿quién se quedará conmigo? Está bien, yo tengo montones de amigos, tengo novio, tengo parientes, tengo a mi papá… pero todos ellos tienen su vida, y yo me sentirían muy mal si dejan de hacer cosas por mi culpa.

Además, como soy joven aún no tengo hijos, y menos de la edad requerida para hacer noches de hospital. Porque también mi trabajo de hija era quedarme incondicionalmente con mi mamá en cualquier hospital si ella lo necesitaba. Era un trato de dos partes, y ahora solo tengo una.

¿Y si mi hermano se enferma? Bueno, esta situación es más fácil de controlar, yo asumo las responsabilidades todas, porque mi hermano tiene 18 años, así que aún es un niño, y porque él tiene menos parientes que yo, y menos amigos; y porque si tengo que molestar a alguien preferiría molestar a mis amigos a los que conozco mejor, y ya quedamos en que no quiero interrumpir sus vidas…

Ahora yo no tengo a mi mamá y quiero ser práctica al respecto, pero por mucho que las postales tontas de Facebook dijeran, y que los manuales de psicología y autoayuda alertaran, uno nunca está preparado para vivir sin sus madres.

Y hoy, precisamente, me siento muy mal, pero no, no puedo enfermarme. 😦

 

Soñar

Yo sueño todos los días. No se si eso se debe a que duermo mucho, pero yo nunca podré decir como otras personas: “raramente sueño”, porque es todo lo contrario.

Muchos días me despierto cansada de correr, de hablar, de no parar de pensar. Y la mayoría de las veces recuerdo los sueños, sobre todo si fueron pesadillas, o si eran amables, pero se estaban tornando tenebrosos.

Recuerdo, por ejemplo, mis pesadillas de la niñez. Una vez soñé que un tiburón blanco de papel me perseguía hasta la copa de la mata de aguacates que había en el patio de mi casa de la calle 16. Yo viví en esa calle hasta los 5 años, así que era muy pequeña cuando tuve la pesadilla, y los tiburones de los dibujos animados me parecían terribles. Aún hoy recuerdo la escena y me asusto, aunque no me animo mucho a contar ese sueño porque suena bastante gracioso: me perseguía una silueta de papel.

También recuerdo una vez que me quedé con mi padre en el Parque Nacional La Güira y recorrimos un lugar parecido a un bosque. Yo tendría unos 7 años y el muy gracioso me dijo que allí habían dinosaurios. Por la noche me quedé dormida en el sofá de la cabaña donde nos quedábamos y soñé que me alejaba de los árboles, porque yo sabía que allí estaban los bichos enormes que me querían comer. Lo peor de todo fue cuando me desperté en una cama al otro día y como no recordaba quién me había llevado hasta el cuarto empecé a llorar, porque estaba convencida de que había sido un dinosaurio. Si Freud se empataba conmigo en esa época, seguro se volvía loco.

De mayor soñé muchas veces con las cosas que me proponía hacer en el futuro. Por ejemplo, cuando iba a empezar en la Lenin, como nunca había ido me la imaginé. La escuela donde viviría era -en el sueño- un cuarto blanco e inmaculado, con dos camas de sábanas también blancas y gente silenciosa que miraba a otra parte. Nada que ver, por suerte.

Ni hablar de cuando estoy enamorada. La mitad de las veces sueño con la persona que me gusta. De hecho, creo firmemente que alguien me gusta de verdad cuando empiezo a soñar con él. Lo malo es cuando tengo sueños donde peleamos: normalmente me despierto brava con el supuesto amado, y necesito varias horas para convencerme de que no se portó mal realmente, sino que mi subconciente me jugó una mala pasada.

También, como casi todo el mundo, he soñado que vuelo. Para mi volar es como nadar pero sin falta de aire. Me muevo separada del suelo como un pez que flota. Todas las veces que he volado ha sido así, he necesitado impulsarme con manos y pies. Es posible que también sea por eso que me despierto tan cansada.

Los peores sueños de adulta (si se le puede decir adulta a una persona de 23 años) son los que me crean angustia. ¿Saben? Ese sueño en que uno espera algo desagradable que va a pasar. O esos sueños donde te persiguen para herirte y nunca te puedes esconder, porque el malvado siempre te encuentra. Y los peores sueños: donde intentas gritar y te quedas sin voz. Esos son terribles.

Aún así, y a pesar de mis traumas, siempre he tenido buenas relaciones con mis sueños. Cada vez que recuerdo alguno, lo hago con alegría, porque me hace sentir como una persona de buena memoria. De hecho, ejercito mi mente cada mañana tratando de recordar que soñé o comunicándoselo desesperadamente al primer ser vivo que me encuentre: “anoche soñé que…”, ya saben, para luego recordarlos también con la memoria auditiva de mi voz contándolos. (¿se entiende?).

Porque mis sueños son míos, me pertenecen y me dan autoridad para contarlos, para reinventarlos, para recordarlos. Y aunque ya ni me acuerde, porque en realidad no tengo tan buena memoria, cada sueño que he tenido alguna vez ha engrosado la lista de cosas locas que he contado a otros, aunque no me lo pidan. Porque yo SIEMPRE cuento cada sueño, y así será PARA SIEMPRE. 🙂

(Excepto el sueño de anoche. Ese no lo voy a contar NUNCA)

 

 

 

Mi año

Desde hace rato yo sabía que 2014 sería mi año.

Para empezar, hace mucho tiempo me había convencido de que mi equipo de fútbol ganaría el Mundial de Brasil. ¿Por qué? Porque en 2010 eran muy jóvenes y aún así, eran buenísimos. De más está decir que mi equipo ganó, y que Alemania es mi equipo.

Ahora, en febrero de 2014 conocí a mi hermana. Desde que tengo memoria ponía en los papelitos que las maestras repartían para que hiciéramos una lista de deseos: “quiero conocer a mi hermana”. A veces también ponía lo de “quiero tener una computadora”, pero casi siempre era primero lo de la hermana.

Porque nunca, nunca, NUNCA, deseé nada en la vida tanto como conocer a mi hermana. Y es que detrás de esto, claro, hay toda una historia de novela centroamericana barata.

Mi hermana nació en Azerbaiyán en marzo de 1986, casi cinco años antes que yo. Era hija de mi padre (claro, de ahí lo de ser hermanas) y de su mamá, una chilena que tenía otro hijo, al que también llamo mi hermano, pero al que no conozco, aún. Resulta que el matrimonio padre-chilena, se mudó a Cuba en 1987, (cuando ambos terminaron sus carreras en la Unión Soviética) y se rompió definitivamente en 1990 -un año antes de que yo naciera!- cuando la chilena recogió sus matules y se llevó a un niño en cada mano, lejos de mi padre, quien ya tenía una novia nueva (quien no, no era mi mamá).

Se imaginarán que la madre de mi hermana se fue muy bravita de la Isla, porque estaba enamorada, supongo, y porque no es fácil ser extranjera, no conocer a nadie, y verse de pronto divorciada y con dos niños pequeños en un lugar extraño. Todas las mujeres en la familia  la comprendimos, nos pusimos en su posición y la defendimos a veces a lo largo de los años. Pero, aún así, lo que nunca entendimos fue la desaparición.

Y es que la mamá de mi hermana, luego de llegar a Santiago de Chile y enviar un telegrama: “llegamos bien, mañana escribimos”, se desapareció para siempre jamás. O sea, que ni con los amigos chilenos, ni con las búsquedas luego en internet, la logramos localizar (a mi hermana) hasta que ella tuvo 15 años.

Yo tenía 10 por esa fecha. Ya había escrito mil cartas que nunca llegaron, y ya había puesto en el papelito de cada año el deseo “conocer a mi hermana”. Y ella nunca había oído hablar de mí. Luego del reencuentro momentáneo vía email, perdimos la pista. De nuevo, estábamos anclados a un recuerdo del pasado, y nos la imaginábamos como la chica de 15 años que cantaba Hip Hop, porque es todo lo que nos había dicho.

Pero Facebook, la mayor maravilla que se ha inventado para unir a las personas, trajo la solicitud de mi hermana el año en que ella tenía 23. Y entonces, nos hicimos dos desconocidas cercanas. Y es que mi hermana ya no era una niña de 15 años, sino una madre con una bebé hermosa que se parecía demasiado a mí.

Durante otros 5 años, cada día, mi hermana y yo hicimos planes para encontrarnos. En ese tiempo ella me invitó a Chile, y no pude ir, ella se casó, y tuvo otra bebé. En ese tiempo yo estudié en la universidad, sufrí y reí. Pero no fue hasta el primero de febrero de 2014, un día antes de que yo cumpliera 23 años -justicia poética- que abracé a mi hermana a gritos en el aeropuerto José Martí de La Habana.

Y estuve convencida de que 2014 era mi año, porque durante 21 días besé a mis sobrinas, dormí con mi hermana, me reí con mi cuñado, aprendí chileno, fui a la playa y no hice nada, nada, de mi tesis. Porque sí, en 2014 también me gradué.

Y cuando mi hermana regresó, quedó la promesa en el aire de volver a vernos. Aquí, allá, donde sea. Pero ya estaba dicho, y seguro se cumplirá. Y ese mes valió por los años de espera. Como me dijo mi cuñado: a lo mejor, de no haber sido así, no habría sentido esa emoción el día que al fin la conocí.

Y como decía anteriormente, en 2014 terminé mi carrera. Y me encantó hacer la tesis. No sufrí, ni fui vaga, ni me molesté nunca. Me encantó la investigación, me encantaba el tema, y adoro a mi tutora.

A la exposición del día de mi tesis fueron muchas personas. No ensayé nunca, y aún así hablé, hablé y hablé hasta por los codos, como si supiera de lo que hablaba, y me reí en el brindis, y tuve la suerte de sentirme acompañada y querida. Y nada de eso es poco.

También mi graduación fue buena, llegué tarde junto a dos de mis amigas, y pedimos permiso, para comportarnos como casi siempre durante los años de estudio. Y luego nos fuimos de piscina, y comimos en platos desechables y nos reímos hasta de la música y nos bañamos en el aguacero.

Y en 2014 también cambié de novio, y aunque estuve triste, también tuve momentos felices de romance, y primeras veces. Y me descubrí deseando ser otra, y cambiando mi vida y saliendo de la pausa. Y fue feliz nuevamente.

No hay manera de pensar que 2014 no cumplía mis expectativas. Era mi año, como yo había previsto. Ya se acercaba el final y preparaba mi post de despedida en Facebook. Ya todos sabrían que yo era adivina y que había presentido hace mucho tiempo que 2014 sería memorable.

Pero el 28 de noviembre de 2014 a las 10:08 de la noche recibí la primera llamada. Y luego la segunda, que no me dejaron tomar, pero que decía una cosa que luego me comunicaron en persona y que me jodió el año y la vida:

-Tita -dijo -Tu mamá falleció.

Teorías de conspiración

Ya que siempre me dicen que tengo teorías para todo, y que debería escribirlas, para no olvidarlas, me dedico a ponerlas aquí, aunque sé que no se me van a olvidar porque 1: no son teorías, sino hechos, y 2: porque nadie me lee.

Y es que sucede lo siguiente: soy buena sabiendo cómo son las personas. Esto no lo digo por inmodestia, está clarísimo, sino porque a una de las primeras personas que analicé para llegar a esa conclusión fue a mí.

Cuando conozco a alguien, me comporto (interiormente) como un científico frente a un experimento. Y tengo clasificaciones. Todos mis amigos, conocidos, novios, familiares… son como alguien más, a no ser que sean los primeros -los sujetos para comparar-, en cuyo caso, si decido comunicarles mi opinión especializada sobre ellos, reciben explicaciones relativas a situaciones (para que se sitúen, evidentemente).

Así, evito relaciones profundas con una persona que reúne esa serie de características que no me son compatibles (que no resultan defectos, ni no-cualidades, sino que nada tienen que ver con mi definición de mí misma).

El problema es cuando me encuentro con personas que reúnen unas cuantas cualidades -y defectos- que me encantan, pero que también cargan (sin saberlo) con actitudes, comportamientos, maneras, etcétera, que nada tienen que ver conmigo. Es, en esas situaciones en las que me vuelvo totalmente loca. Y me da por… fijarme en esa persona!

Pero esa persona,  consecuencia de su lado malo (si, ya dije que no era malo ser diferente a mí, pero tengo que llamarle de alguna manera y todo depende siempre de las perspectivas) tiene relaciones con sujetos (y sobre todo, sujetas) que no (NO) soportaría a mi alrededor ni callad@s.

Y es que olvidé explicar al principio el tipo de persona que soy yo. Se los diré, miembros de mi público meta, porque si no, no comprenderían nunca el motivo de este post. Aunque, claro, soy consciente de que, de existir ustedes, lectores imaginarios, ya hace rato abandonaron la lectura, porque me estoy poniendo cíclica.

No insistan, se los contaré: soy una hojita. Y una partícula. Soy pequeña (no solo físicamente) y me dejo atraer. Si llego a un nuevo grupo, identifico directamente a las personas que son núcleos duros. No digo la estrella sociométrica (aunque a esos los distingo fácilmente, está claro) sino a los que tienen la fuerza para atraerme. Sé que estos personajes nucleares pueden obligarme a permanecer en su órbita, así que los analizo desde la distancia para decidir si acercarme o no, en vistas de que un movimiento en falso me llevará directamente a la perdición. (¿Ven? A eso me refiero con explicar con situaciones: las otras personas hojitas/partículas serían “como yo”)

Sin embargo, soy una partícula específica y hay otros tipos de centros que no me atraen, sino que me repelen. ¿Conocen a esas personas a las que les gusta que todo el mundo se enamore de ell@s? Si, esos que necesitan que todos sus amigos lo sean porque se la pasan diciéndole que es la persona más hermosa y atrayente del mundo. Quienes son incapaces de mantener relaciones de amistad con sujetos de su mismo sexo, solo por el hecho de que no se babean por ellos. Vamos! Claro que los conocen, todo el mundo conoce a alguien así.

Ahora bien, pónganse en esta situación imaginaria específica:

Usted sería una persona hojita, si, que se deja arrastrar por el viento, y se ha fijado en usted un núcleo duro, de los geniales, los de química. ¿Ya? este núcleo lo mima, demuestra que usted le interesa mucho y le sostiene la mano cuando suceden las cosas más desastrosas del mundo. Todo va bien, super bien. Pero, ay de usted! Esa persona es un núcleo tan potente que atrae a la persona céntrica de las del otro tipo (manual para perdidos: sujetos descritos en el párrafo anterior), quien no sabemos muy bien si cayó por el encanto de la persona núcleo (quien es irresistible) o porque necesita, como siempre, confirmar sus habilidades seductoras y tiene entre ceja y ceja el objetivo de que el hermoso, amable y ajeno núcleo se fije en ella.

¿Qué puede hacer una hojita? Lo primero tratar de determinar si el interés del núcleo es suficiente como para no caer entre las garras malévolas de la ojiclara Céntrica. Pero recuerde: usted es una partícula, y teme de todo. Entonces usted, -erróneamente, está bien; sin razones, puede ser; naturalmente, si- se pone celoso.

Y entonces, empieza la decadencia, porque usted, inseguro y pequeño, molesta al núcleo con peleas innecesarias, sueña cosas espantosas en momentos indebidos, y lo peor: alerta a su núcleo sobre la posibilidades de atraer a otros sujetos.

Y en esa situación ficticia, amigo lector que no lee nada, (porque no existen ni usted ni la situación) empieza a dudar hasta de su enorme capacidad para valorar a las personas. Y se enreda. Y hace un blog y no le dice a nadie que lo ha hecho.

En fin, que lo que quiero decir desde el principio es que estoy jodida, tengo esta estúpida manera de ver todo y a todos, y me gusta un hombre que me hace sentir como una niña tonta, y que me alegra los días, y que se sabe los coros de las canciones insospechadas, pero que tiene una vida aparte de mí, y que hemos chocado como dos planetas (o como un planeta y un meteorito) y no me adapto a la idea de que por una vez no tengo idea.

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