Mi año

Desde hace rato yo sabía que 2014 sería mi año.

Para empezar, hace mucho tiempo me había convencido de que mi equipo de fútbol ganaría el Mundial de Brasil. ¿Por qué? Porque en 2010 eran muy jóvenes y aún así, eran buenísimos. De más está decir que mi equipo ganó, y que Alemania es mi equipo.

Ahora, en febrero de 2014 conocí a mi hermana. Desde que tengo memoria ponía en los papelitos que las maestras repartían para que hiciéramos una lista de deseos: “quiero conocer a mi hermana”. A veces también ponía lo de “quiero tener una computadora”, pero casi siempre era primero lo de la hermana.

Porque nunca, nunca, NUNCA, deseé nada en la vida tanto como conocer a mi hermana. Y es que detrás de esto, claro, hay toda una historia de novela centroamericana barata.

Mi hermana nació en Azerbaiyán en marzo de 1986, casi cinco años antes que yo. Era hija de mi padre (claro, de ahí lo de ser hermanas) y de su mamá, una chilena que tenía otro hijo, al que también llamo mi hermano, pero al que no conozco, aún. Resulta que el matrimonio padre-chilena, se mudó a Cuba en 1987, (cuando ambos terminaron sus carreras en la Unión Soviética) y se rompió definitivamente en 1990 -un año antes de que yo naciera!- cuando la chilena recogió sus matules y se llevó a un niño en cada mano, lejos de mi padre, quien ya tenía una novia nueva (quien no, no era mi mamá).

Se imaginarán que la madre de mi hermana se fue muy bravita de la Isla, porque estaba enamorada, supongo, y porque no es fácil ser extranjera, no conocer a nadie, y verse de pronto divorciada y con dos niños pequeños en un lugar extraño. Todas las mujeres en la familia  la comprendimos, nos pusimos en su posición y la defendimos a veces a lo largo de los años. Pero, aún así, lo que nunca entendimos fue la desaparición.

Y es que la mamá de mi hermana, luego de llegar a Santiago de Chile y enviar un telegrama: “llegamos bien, mañana escribimos”, se desapareció para siempre jamás. O sea, que ni con los amigos chilenos, ni con las búsquedas luego en internet, la logramos localizar (a mi hermana) hasta que ella tuvo 15 años.

Yo tenía 10 por esa fecha. Ya había escrito mil cartas que nunca llegaron, y ya había puesto en el papelito de cada año el deseo “conocer a mi hermana”. Y ella nunca había oído hablar de mí. Luego del reencuentro momentáneo vía email, perdimos la pista. De nuevo, estábamos anclados a un recuerdo del pasado, y nos la imaginábamos como la chica de 15 años que cantaba Hip Hop, porque es todo lo que nos había dicho.

Pero Facebook, la mayor maravilla que se ha inventado para unir a las personas, trajo la solicitud de mi hermana el año en que ella tenía 23. Y entonces, nos hicimos dos desconocidas cercanas. Y es que mi hermana ya no era una niña de 15 años, sino una madre con una bebé hermosa que se parecía demasiado a mí.

Durante otros 5 años, cada día, mi hermana y yo hicimos planes para encontrarnos. En ese tiempo ella me invitó a Chile, y no pude ir, ella se casó, y tuvo otra bebé. En ese tiempo yo estudié en la universidad, sufrí y reí. Pero no fue hasta el primero de febrero de 2014, un día antes de que yo cumpliera 23 años -justicia poética- que abracé a mi hermana a gritos en el aeropuerto José Martí de La Habana.

Y estuve convencida de que 2014 era mi año, porque durante 21 días besé a mis sobrinas, dormí con mi hermana, me reí con mi cuñado, aprendí chileno, fui a la playa y no hice nada, nada, de mi tesis. Porque sí, en 2014 también me gradué.

Y cuando mi hermana regresó, quedó la promesa en el aire de volver a vernos. Aquí, allá, donde sea. Pero ya estaba dicho, y seguro se cumplirá. Y ese mes valió por los años de espera. Como me dijo mi cuñado: a lo mejor, de no haber sido así, no habría sentido esa emoción el día que al fin la conocí.

Y como decía anteriormente, en 2014 terminé mi carrera. Y me encantó hacer la tesis. No sufrí, ni fui vaga, ni me molesté nunca. Me encantó la investigación, me encantaba el tema, y adoro a mi tutora.

A la exposición del día de mi tesis fueron muchas personas. No ensayé nunca, y aún así hablé, hablé y hablé hasta por los codos, como si supiera de lo que hablaba, y me reí en el brindis, y tuve la suerte de sentirme acompañada y querida. Y nada de eso es poco.

También mi graduación fue buena, llegué tarde junto a dos de mis amigas, y pedimos permiso, para comportarnos como casi siempre durante los años de estudio. Y luego nos fuimos de piscina, y comimos en platos desechables y nos reímos hasta de la música y nos bañamos en el aguacero.

Y en 2014 también cambié de novio, y aunque estuve triste, también tuve momentos felices de romance, y primeras veces. Y me descubrí deseando ser otra, y cambiando mi vida y saliendo de la pausa. Y fue feliz nuevamente.

No hay manera de pensar que 2014 no cumplía mis expectativas. Era mi año, como yo había previsto. Ya se acercaba el final y preparaba mi post de despedida en Facebook. Ya todos sabrían que yo era adivina y que había presentido hace mucho tiempo que 2014 sería memorable.

Pero el 28 de noviembre de 2014 a las 10:08 de la noche recibí la primera llamada. Y luego la segunda, que no me dejaron tomar, pero que decía una cosa que luego me comunicaron en persona y que me jodió el año y la vida:

-Tita -dijo -Tu mamá falleció.

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