Hoy

Hoy no tengo ganas

de apagar el fuego,

no quiero sentir,

no quiero el silencio.

Hoy se fue el pasado

que me trajo el tiempo,

ahí quedó mi infancia,

todo lo que tengo.

Hoy quise gritar

y no hubo momento,

“no intentes tan fuerte,

no sigas sintiendo,

no puedes pararlo”,

susurraba el viento.

Hoy me importa tanto

todo lo que tengo,

que lo dejé a un lado

para no perderlo.

Hoy nació mi madre,

hoy fui al cementerio,

hoy quise olvidar,

lo que aún no entiendo,

pero me fallaron

el alma y el cuerpo.

Hoy quise escapar,

enfrentar el miedo,

y lo vi de frente:

Hoy sigue doliendo.

La llegada

Yo no soporto esperar. Ni que me esperen.

Sin embargo, hay ciertas esperas que tienen dentro de si mucha magia, un encanto especial, un qué-sé-yo (por decirle poéticamente a la ansiedad).

Cuando yo era niña me tocaba pasarme los fines de semanas alternos con mi papá. Uno si y uno no, aunque esto fue cambiando a uno si y el otro también, porque el venía todos los viernes, como quien se había olvidado de si tocaba, y me llevaba. Y yo feliz.

Pero los días que si tocaba, los fines de semana seguros, yo me empezaba a preparar desde temprano. Me bañaba, me acicalaba de batas y popis, y ponía las cosas en la mochila (casi siempre en la que tenía forma de perro, que fue la que más me duró porque su único uso era llevar ropa de fin de semana para casa de mi papá).

Pero mi Pito (así le decía, así le digo, y así le diré) siempre fue una persona ocupada, y más los viernes por la tarde. Por eso no llegaba temprano casi nunca. Y yo lo esperaba, primero, viendo los muñequitos, y luego asomándome (según yo disimuladamente) cada cinco minutos al portal para ver si el carro estaba doblando por mi calle.

Y algunas veces el cansancio me vencía (yo era una niña acostumbrada a dormir con la Calabacita) y tenía que acostarme a dormir, llorosa y asustada de esperar y con la duda de que no llegaría.

Pero esas veces, las que me parecían las peores,  se fueron convirtiendo en mis preferidas, porque cuando llegaba, no me despertaban, sino que lo mandaban a mi cuarto, y él me daba un besito y un: “Mi reina, ¿nos vamos?” que valían cualquier día de la semana sin mi Pito, y, por supuesto, cualquier espera.

No puedo

Yo no me puedo enfermar. Llevo días repitiéndome lo mismo. No me puedo enfermar.

El razonamiento empezó en la parada del P 16. Mi amiga y yo estábamos sentadas hablando de hombres-estatua, cuando un señor se nos paró al lado. Ella se apretujó contra mí en el banco para que el señor tuviera un espacito donde acomodarse, y entonces él le dijo:

-Dile a tu mamá que eres muy linda, y muy educada, y dale mis gracias.

Y mi amiga, que es muy linda y muy educada, sonrió con todos sus dientes y le respondió que se lo diría.

Entonces me puse a pensar que si alguien me decía eso, yo también sonreiría con todos mis dientes, como he hecho otras veces, porque cosas similares dicen siempre los señores amables.

Sin embargo, esa era la primera vez que escuchaba eso sin tener una mamá. Supuse que aunque hubiera estado yo del lado del que el señor se sentó y hubiera recibido yo esas palabras, no habría diferencia, porque hubiera sonreído igual, y continuado con mi vida. Pero el pensamiento de las cosas que no tendría más empezó a taladrarme desde ese momento.

Para empezar, está eso de que no puedo enfermarme. El trabajo de mi mamá era justamente estar ahí para mí. Una de mis frases más comunes, que digo siempre, porque la considero una verdad enorme es: “cuando uno está enfermo quiere estar con su mamá”.

Si yo me enfermo y tengo que quedarme en un hospital, ¿quién se quedará conmigo? Está bien, yo tengo montones de amigos, tengo novio, tengo parientes, tengo a mi papá… pero todos ellos tienen su vida, y yo me sentirían muy mal si dejan de hacer cosas por mi culpa.

Además, como soy joven aún no tengo hijos, y menos de la edad requerida para hacer noches de hospital. Porque también mi trabajo de hija era quedarme incondicionalmente con mi mamá en cualquier hospital si ella lo necesitaba. Era un trato de dos partes, y ahora solo tengo una.

¿Y si mi hermano se enferma? Bueno, esta situación es más fácil de controlar, yo asumo las responsabilidades todas, porque mi hermano tiene 18 años, así que aún es un niño, y porque él tiene menos parientes que yo, y menos amigos; y porque si tengo que molestar a alguien preferiría molestar a mis amigos a los que conozco mejor, y ya quedamos en que no quiero interrumpir sus vidas…

Ahora yo no tengo a mi mamá y quiero ser práctica al respecto, pero por mucho que las postales tontas de Facebook dijeran, y que los manuales de psicología y autoayuda alertaran, uno nunca está preparado para vivir sin sus madres.

Y hoy, precisamente, me siento muy mal, pero no, no puedo enfermarme. 😦

 

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