La sillita

Yo tengo (o tenía) una sillita amarilla.

Esta silla no siempre fue amarilla: recuerdo el primer día que me la trajeron, olía a nuevo, a cosa linda y era de una madera casi blanca, sin barniz y con astillas.

Yo tenía 4 años y me trajeron la sillita junto a otra igual que era para mi prima Claudia (nadie quería celos entre las primitas de casi la misma edad que vivían en la misma cuadra, la calle 16) y me dijeron: esta es la tuya.

En algún momento, porque los niños no tienen sentido del tiempo, el esposo de mi mamá, Alberto, la pintó de amarillo y yo le puse dos calcomanías en el espaldar: la gitana del Jorobado de Notre Dame y el capitán rubio de la misma película.

Cuando cumplí 5 años nos mudamos a mi casa actual. Entre los muebles, claro, vino la sillita, que durante mucho tiempo fue omnipresente.

Si había reunión de conocidos, visitas numerosas o fiestas, alguien terminaba sentado en la sillita, y no siempre eran pequeños: “ella aguanta, tiene casi los mismos años que Saimi”, decía mi mamá.

Si había guaguas para la playa, yo no tenía que pagar el asiento: con un espacio en el pasillo me sobraba, porque Santiago de las Vegas está lejos del mar (de cualquier mar), y el chofer no quería gente de pie quejándose, pero yo tenía mi sillita.

Volteada, con el espaldar como patas y la pared como apoyo -imaginénse la sillita, es como un taburete muy pequeño- la parte de abajo de la sillita, en ese momento parte de arriba, y llena de trapos, se volvía una cama confortable de princesa para mis muñecas y peluches.

Si no veía encima del escaparate o no alcanzaba algo (común para una persona que mide 1,50 mts) ¿adivinan? Me trepaba en mi sillita, que era fácil de transportar porque, claro, no pesaba casi nada, comparándola con otras sillas.

En algún momento, el amarillo del espaldar y del asiento se destiñó y yo misma le di unos brochazos de la pintura blanca para metales que había sobrado de la rejita del portal. Las patas de la sillita se mantuvieron de amarillo y las calcomanías de la gitana y el capitán rubio quedaron sepultadas, aunque se puede tocar la silueta.

La sillita era un objeto útil y casi lindo…

La sillita era parte de la familia…

La sillita estaba ahí siempre para mí….

Hasta que Ever, el hijo de mi vecina, se la llevó de paseo “un ratico”. De eso hacen casi tres años, y anoche, cuando pasé a verlo, estaba sobre MI sillita, sosteniendo su recién construida espada de papel…

¿Será que está mal arrebatársela y salir corriendo?

Ever, en MI Sillita

 

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