Amores

La foto y el poema estaban dedicados con su letra a la misma persona. Ella me dijo siempre que él era el amor de su vida. Yo no entendía entonces que él no fuera nadie para mí.

Ya ahora sé que es cierto que el amor de la vida y el amor de por vida casi nunca coinciden.

(Te extraño, mamita, comparto tus recuerdos, porque ya no importa, o porque importan mucho: ni él ni tú están. Feliz cumpleaños.)

esta

Hay amores malditos que se visten de pena,

como el amor sufrido por el hombre ajeno.

El amor tormentoso, febril, enloquecido,

el amor que se tiene a medias: compartido.

El amor como daga enterrado en el pecho,

para el que no tenemos ni razón ni derecho.

El amor excitante que nos quema y nos arde:

que a la vida nos llega un poco tarde…

Como tu amor, mi vida, tan desmedido y loco,

que pudiendo ser mucho, me resulta tan poco.

 

 

Diálogo invisible

Contigo.

Conmigo misma.

Con la alegría de saber que estás ahí,

aunque ni tú mismo lo sepas.

Mis amigos

Mis amigos son los mejores. Y vamos, que eso lo dice todo el mundo, pero yo también quiero decirlo, porque estoy convencida de que es así.

Les explico: mis amigos me han aguantado muchos años, con lo mucho que hablo. Incluso a algunos les gusta oírme hablar. Eso ya es síntoma de que son únicos, especiales, extraordinarios.

Mis amigos, por ejemplo, saben que no me gustan los nombretes y por eso no me los dicen, excepto, los que de cariño me llaman Tuti, Mimi, Pelusa, Bruja, y Enana. Como pueden notar, respetan mis criterios en toda ocasión.

Ellos son los que inventaron eso de fugarse para ExpoCuba cuando era obligatorio salir para el Parque Lenin. ¿Adivinen dónde estábamos luego, el día en que dijeron que toda la escuela tenía que ir al Parque Lenin? Exacto.

Mis amigos me dijeron todas las veces que les pedí consejo “hazlo”. Ni una sola vez, ni en una pregunta alocada, ni en una locura, en ninguna situación, bajo ninguna circunstancia especial, dijeron no. Estoy preocupada, a lo mejor no me oían, !hablo tanto!

Estos amigos que les digo fueron todos a una boda y se entretuvieron haciendo conteo de cuántos de mis ex estaban presentes para recodármelo cariñosamente en cada ocasión inapropiada. Así, cuando asistíamos a una tesis, yo podía oír (y mi novio también) “hay más ex mías aquí, que ex de Saimi en la boda” y risas. Una delicadeza que una no olvida.

Mis amigos y yo nos despedimos cuando acabó la escuela de acuerdo a las distancias. Mientras más cerca vivimos, o más probabilidades teníamos de encontrarnos en el futuro, pues, más lloramos, claro. Más nos abrazamos y prometimos no olvidar los maravillosos momentos juntos, más cantamos con mocos las canciones, más páginas emborronamos de dedicatorias lloronas, más sufrimos el “último abrazo”.

Yo no puedo cambiar a mis amigos, ni lo haré nunca. Hace años son los mismos (entre un chiste y el otro, ha pasado una década de la Lenin, por ejemplo, y ni hablar de la secundaria). No puedo cambiarlos, sobre todo, porque hay alturas de la vida en que uno sabe quiénes están en su equipo y quiénes no clasificaron. Y mi equipo está formado por esa panda de locos que se aparecen cuando una no se imagina y organizan (por decirlo de alguna manera) una fiesta sorpresa en una cafetería cualquiera el día de mi cumpleaños más aburrido.

No quiero cambiarlos, porque son los mismos que no veo hace siglos y cuando nos encontramos dos segundos en el P hablamos de todo a la vez, pero como si nos hubiéramos visto ayer, porque por teléfono o facebook ya nos habíamos enterado. La cosa empeora cuando nos reunimos más de tres en esos lugares. (Aprovecho y me disculpo con los que van en la guagua con nosotros, sé que somos odiosos, que hablamos igual, que hacemos los mismos gestos, que nos completamos las frases, que nos reímos de todo. Perdón, vamos a seguir haciéndolo)

No me da la gana de decir que mis amigos son iguales a todos, porque en cierto velorio, como en cierta boda, todos los que fueron llegando (y creo que eran todos) vaciaron sus bolsillos sin pensar si tenían o tendrían más y dejaron su dinero, que no llegó a mis manos con nombres, y con el que no hice nada, y con el que hice mucho, pero sobre todo con el que me di cuenta de que no estaba sola y nunca lo estaría, que ahí estaban esos locos inadaptados.

Ninguno de ellos faltó, ni los que estaban en Cuba ni los que no, algunos llamaron gastando quién sabe qué ahorros, algunas que yo me sé aparecieron  por calles insospechadas que no llegan a ninguna parte y yo las vi en la esquina preguntándose: “y ahora para dónde se coge?” Y se me partió el corazón, pero también me reí de pensar que estaban perdidas y habían llegado a mi casa con el impulso que solo da una desorientación inmensa y un cariño grande.

Tengo que decirlo, aunque suene feo: no necesito más amigos. Mi lista está bien así.

Si aparecen nuevos, van a tener que medirse con una vara muy alta.

 

 

 

Respuesta

Sé la respuesta desde hace tiempo.

Si sucede ahora la tengo lista para los amigos.

Si sucede después se la diré a los hijos, a los nietos si es preciso.

Sé la respuesta a la pregunta que me harán.

“Yo no confiaba en él”, diré.

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