Despiste

Hace tres meses, querido diario, perdí mi tarjeta del trabajo.

Estoy segura de que no la olvidé en un cajero, porque la guardaba en un estuchito impersonal transparente, que tampoco tengo, así que, al parecer, se traspapeló (o trastarjeteó) en mis cambios de bolsos, monederos, jabas del pan o similares). Pero, como llegó el día del cobro de diciembre y me cansé de rebuscar en los sitios donde supuestamente debía estar, me mandé a hacer una nueva, en vistas de que necesitaba mi salario.

A las tres semanas, tal como me pidió mi amigo Alejandro (el del banco, si, me aprendí su nombre, porque no paraba de llamarme por el mío cada dos palabras) volví a recoger mi nueva tarjeta, fui con ella al cajero, saqué 50 pesos para pagar el sindicato (!) y tarareé feliz una canción de regreso a mi vida de persona asalariada.

Sin embargo, esa misma noche (10 de febrero de 2016, para más señas) me llamaron por teléfono a la 1:00 am. La llamada no solo era odiosa por el horario, sino que, además, el emisor había marcado mi número con *99 (el temido cobro revertido). Pero yo, que recibí recientemente mi primera (y seguramente única) recarga del exterior este mes, no tardé en responder con voz somnolienta:

-Oigo

-Tú eres Saimi?

-Si…

-Mira, encontramos tu tarjeta y te llamamos para devolvértela.

-No, gracias, ya me mandé a hacer una nueva…

Y colgué, para regresar a la camita con mi novio y explicarle que alguna loca sospechosa me llamaba en plena y fría madrugada para devolverme una tarjeta perdida de hace tres meses, que, por si fuera poco, yo estaba segura de que era imposible de encontrar fuera de mi casa, porque estaba por ahí, en alguna caja.

Como se imaginarán, conté a todos del curioso caso de una persona que quiere devolverme, una tarjeta bastante tiempo después de que la perdí, y, por si fuera poco, llama en medio de la noche. Todos mis amigos coincidieron conmigo en que eso era sospechoso.

Hasta ayer.

Adivinas? Fui a sacar dinero para comprarme algún librillo que avisté en una de las mesas del Pabellón Cuba y, cuando abrí el monedero… NO ESTABA LA TARJETA NUEVA.

En efecto, la muchacha del otro día me llamaba para devolverme esa y no la anterior. No sé si llevas el hilo de esta historia, diario, porque está medio enredada. El resumen es esto: perdí la tarjeta, hice una nueva, la perdí.

No tengo cara ni moral para presentarme de nuevo frente a Alejandro.

Creo que dejaré correr el tiempo, y me comportaré como si mi salario no me hiciera falta.

O que mandaré a hacer la tarjeta en la sucursal del Boyeros, para pasar la vergüenza una sola vez: a la hora de recogerla.

O que dejaré de existir lentamente, como me merezco…

 

 

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