Ve

Yo tengo una amiga que está enamorada. En realidad tengo muchas amigas enamoradas, pero estoy casi segura de que esta amiga está enamorada por primera vez.

No lo digo porque ella me lo haya dicho, estoy basándome en suposiciones, y si esta amiga lee esto y no está de acuerdo, diré, claro, que no me refería a ella, sino a otra amiga.

Pero yo sé que es así. Lo sé porque mi amiga tiene un novio, y una vida bastante buena y feliz, y una familia linda que se enorgullece de ella, y un bulto de amigos que la queremos, pero mi amiga nunca había brillado como hasta ahora.

Y es que esta amiga se ha enamorado de unas palabras, antes que de un hombre, y no hay nada más peligroso que eso. Esas palabras la sedujeron irremediablemente, y yo muy al inicio pude notar el peligro, pero se lo advertí, y ella negó con la ceguera de quien sigue a una mariposa al borde de un abismo.

Porque lo peor de todo es que esa amiga es correspondida. Y digo lo peor, porque se trata de algo maravilloso, pero mi amiga le ha puesto unas alas enormes a su corazón y ahora nada la hará volver. Mi amiga siente a través de las palabras el amor del otro, y lo transforma en combustible para estar viva.

Y yo a veces, desde afuera, quiero ponerle anclas, traerla de vuelta, argumentar que no hay modo, que parecen destinados al desencuentro… hasta que me llamo a capítulo y me digo: “no soy nadie”.

Mi amiga debe elegir. Y no digo que elija entre dos hombres, ni entre dos posibles vidas. Mi amiga debe elegir si quedarse tranquila, alimentándose de palabras, o actuar. Y yo, que aconsejo cordura, me acabo de dar cuenta que en su lugar, desplegaría mis alas y atravesaría las palabras (esas que han dado en el centro de su alma) para convertirlas en poemas ya no de letras, sino de manos, de pies y cinturas, de silencios y bocas.

Y que me perdone mi amiga, porque me estoy enredando y contradiciéndome y porque no es mi asunto, pero es que no hay manera de no dejarse arrastrar: estás en medio del huracán, pero no lo sabes, porque estás en el momento de calma.

Y aunque los vientos parezcan terribles desde afuera, ahora mismo te miro, y te digo lo que me parece mejor: ve.

La sillita

Yo tengo (o tenía) una sillita amarilla.

Esta silla no siempre fue amarilla: recuerdo el primer día que me la trajeron, olía a nuevo, a cosa linda y era de una madera casi blanca, sin barniz y con astillas.

Yo tenía 4 años y me trajeron la sillita junto a otra igual que era para mi prima Claudia (nadie quería celos entre las primitas de casi la misma edad que vivían en la misma cuadra, la calle 16) y me dijeron: esta es la tuya.

En algún momento, porque los niños no tienen sentido del tiempo, el esposo de mi mamá, Alberto, la pintó de amarillo y yo le puse dos calcomanías en el espaldar: la gitana del Jorobado de Notre Dame y el capitán rubio de la misma película.

Cuando cumplí 5 años nos mudamos a mi casa actual. Entre los muebles, claro, vino la sillita, que durante mucho tiempo fue omnipresente.

Si había reunión de conocidos, visitas numerosas o fiestas, alguien terminaba sentado en la sillita, y no siempre eran pequeños: “ella aguanta, tiene casi los mismos años que Saimi”, decía mi mamá.

Si había guaguas para la playa, yo no tenía que pagar el asiento: con un espacio en el pasillo me sobraba, porque Santiago de las Vegas está lejos del mar (de cualquier mar), y el chofer no quería gente de pie quejándose, pero yo tenía mi sillita.

Volteada, con el espaldar como patas y la pared como apoyo -imaginénse la sillita, es como un taburete muy pequeño- la parte de abajo de la sillita, en ese momento parte de arriba, y llena de trapos, se volvía una cama confortable de princesa para mis muñecas y peluches.

Si no veía encima del escaparate o no alcanzaba algo (común para una persona que mide 1,50 mts) ¿adivinan? Me trepaba en mi sillita, que era fácil de transportar porque, claro, no pesaba casi nada, comparándola con otras sillas.

En algún momento, el amarillo del espaldar y del asiento se destiñó y yo misma le di unos brochazos de la pintura blanca para metales que había sobrado de la rejita del portal. Las patas de la sillita se mantuvieron de amarillo y las calcomanías de la gitana y el capitán rubio quedaron sepultadas, aunque se puede tocar la silueta.

La sillita era un objeto útil y casi lindo…

La sillita era parte de la familia…

La sillita estaba ahí siempre para mí….

Hasta que Ever, el hijo de mi vecina, se la llevó de paseo “un ratico”. De eso hacen casi tres años, y anoche, cuando pasé a verlo, estaba sobre MI sillita, sosteniendo su recién construida espada de papel…

¿Será que está mal arrebatársela y salir corriendo?

Ever, en MI Sillita

 

Dudas

Yo soy mis dudas. Aunque tenga un día feliz, en el fondo, las dudas me enredan y me deshacen, enturbian mis actos y disuelven mi fe. Porque si hay algo peor que dudar, es reconocer que las dudas son absurdas y, aún así, dejarlas gobernar.

Hoy me desperté con el lago en el pecho, que es como mejor sé describir a la sensación de vacío húmedo que se instala en el espacio donde debe estar el corazón.

Para mi la nostalgia es húmeda y transparente. Y me inunda ciertos días, sin que pueda hacer nada para exponerla al sol y dejarla evaporar.

Como hoy es un día nostálgico, solo pienso en hundirme en esas aguas tristes y dejar que las dudas decidan mi futuro. Y la corriente me arrastra y yo dudo de mí y de ti, y sobre todo, de ti y de mí juntos. Porque la nostalgia sabe convencerme muy bien del autosabotaje, y elige lo mejor de mi vida y lo hace parecer terrible.

Y termino deseando dudar, convenciéndome de la necesidad de la huida, de la hermosura de la soledad y el vacío salpicado, ya no de dudas, sino de tristeza sin ti.

Por suerte no estas aquí, y no me alcanzó el tiempo esta mañana para gritarte vete, que significaría abrázame. Cuando yo tenga estas incertidumbres, cuando mi día sea de lago, aléjate, mi sol, porque no respondo por mis dudas: ellas, traicioneras, responden por mí.

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